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Cuatro años después

Noviembre 25, 2020 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

La historia de Occidente comienza con una larga guerra, la de Troya. O más precisamente: empieza con la narración de dicha guerra. Por eso, hablando del origen del moderno género novelesco, el crítico George Steiner dice que sólo hay dos tipos de libros: la Ilíada y la Odisea. Pero al ver el estado del mundo, al mirar a nuestro alrededor, comprendemos que la guerra de Troya no ha terminado y que en todas las sociedades en conflicto se enfrentan dos tipos humanos: el que busca conciliar para transformar el desacuerdo en algo racional y asumible, y el justiciero iracundo que pretende llevar su furia hasta una llamarada purificadora de devastación.

Chéjov versus Shakespeare. El primero busca la paz, el segundo la guerra y la destrucción poética. Pero Kant consideró que la paz no es un estado de la naturaleza, no es natural, y por lo tanto se debe propiciar o negociar, pues es el resultado de un largo proceso. Por eso es mucho más fácil ser violento que pacífico, y por eso el llamado del odio y de la guerra, en política, hace rugir a las masas y es bastante más redituable que la mesura y el diálogo.

En otras palabras: la civilización opuesta a la barbarie.

La literatura escribió todas esas gestas humanas y gracias a eso hoy podemos revivirlas e incorporarlas a nuestro imaginario. Eso nos permite ir allá donde nunca fuimos, estar en batallas colosales, ser el héroe que levanta la espada y el soldado que recibe el golpe. Ser a la vez Judith y Holofernes, David y Goliat. La vida es breve y la literatura es larga y no tiene límites, y por eso nos permite multiplicar la maravillosa sensación de estar vivos. Porque un libro leído con intensidad se suma a nuestra vida, no sólo a nuestra biblioteca.

Por todo esto la aspiración de una sociedad es la de escribir y leer en paz, pues sólo a través de la cultura los grandes conflictos se transforman en conocimiento, y ese conocimiento y las convicciones inamovibles a las que se llega gracias a él, son tal vez la única retribución que se obtiene después de la gran derrota que supone una guerra. Porque las guerras no se ganan ni se pierden, solamente se sufren. Y todo el que ha estado en una guerra, así salga ileso, es un herido de guerra.

Por eso es tan urgente que hoy, cuatro años después del Acuerdo de La Habana, y tras esa primera derrota en el plebiscito del 2016, se pueda acabar de implementar, pues es lo único con que contamos para sanar no sólo las heridas del conflicto con la guerrilla, sino las más profundas y graves que tiene la sociedad civil, esa que nunca disparó un tiro y que, según creíamos, estaba toda de un mismo lado, acosada por las mismas urgencias y anhelos, pero que hoy vemos rota, desvertebrada, levantando muros de odio y trincheras.

Porque el conflicto salió de la manigua y se deslizó a las ciudades. Ya no es con metralletas y entre uniformados de los tres bandos, sino entre civiles desarmados, de jeans o vestidos de corbata, de ropa de trabajo o informal, que se dividen en varias facciones: los que quieren cambiar la historia del país, de una vez por todas, protegiendo el acuerdo; los que también quieren pero no de ese modo; los que no quieren de ningún modo y prefieren dividir el país (algo así como Colombia Oriental y Occidental) y, por último, la gran mayoría, los que más me intrigan: aquellos apáticos a los que nada de todo esto parece importarles.

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