Bolaño en México

Febrero 17, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-17 Por: Santiago Gamboa

No tengo a mano las fechas exactas, pero sé que fue a mediados de los 60 que Roberto Bolaño llegó por primera vez a Ciudad de México con sus padres, procedente de su Chile natal, y allí pasó el final de su infancia y, lo más importante, su adolescencia, cuando se metió de lleno en la poesía y en la vida un poco nómada y tribal de los grupos poéticos mexicanos, lo que después sería el tema de su grandiosa novela Los detectives salvajes.Por eso preguntarse por el significado de México en su obra resulta un tanto redundante, ya que el DF está inscrito en su prosa muy profundamente, por el derecho y el revés de la mayoría de sus libros, incluyendo su poesía. De entre las mil citas posibles, a mí me gusta mucho un párrafo que proviene de la novela Amuleto y que prefigura lo que más adelante sería su grandiosa 2666, y que dice así: “Y los seguí: los vi pasar a paso ligero por Bucareli hasta Reforma y luego los vi cruzar Reforma sin esperar la luz verde, ambos con el pelo largo y arremolinado porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche, la avenida Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulmón de forma cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad, y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprisa que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”.Sólo puede escribir así de una ciudad quien ha vivido intensamente en ella, quien ha vagabundeado por sus calles, una y otra vez, con la cabeza hirviendo de proyectos adolescentes, en esos épicos amaneceres latinoamericanos. Es la profunda relación de Bolaño con el DF y, diría, con todo México, desde la capital hasta el norte, como en ese viaje en moto al lado de su amigo Mario Santiago que describe en un poema, siempre hacia el norte, huyendo de algo que desconoce o que su amigo aún no le cuenta, y entonces aparecen Tijuana y Sinaloa, el desierto de Sonora y Ciudad Juárez, y aparece lo que él consideraba el centro del mal, ese árido desierto y la historia de las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez, lugar que él prefirió, no sé por qué, rebautizar con el nombre de Santa Teresa y que está en el centro de 2666.En una ocasión, a raíz de una entrevista para la revista Playboy, alguien le preguntó por qué llevaba tanto tiempo sin volver a México; por qué no iba regularmente, como hacen todos los escritores, que van a presentar sus libros al DF y a la feria de Guadalajara, y él respondió que no, no quería ir a México porque tenía miedo de ponerse delante de su principal obsesión literaria, y por eso prefería soñar con él desde la lejanía. Así escribió dos libros muy mexicanos, dos obras maestras (Los detectives salvajes y 2666) que pusieron en aprietos a los mexicanos al escribir sobre su propio país, pues el listón quedó sumamente alto.Pero, ¿qué hay en esa prosa que tanto fascina a los buenos lectores? La escritura de Bolaño es limpia, eficaz, afilada. Trata de la burla y la crueldad de la vida y también de las atrocidades cotidianas. Bolaño encontró belleza en las cosas duras, en los sentimientos más contradictorios y abyectos, en la mentira y en la vergüenza y en el asco. La soledad del hombre sobre la tierra y su absoluta indefensión. Tocó los temas cruciales de la existencia y los re inventó a la luz de las presuntuosas sociedades de hoy, desde la experiencia de latinoamericanos desterrados, jóvenes que caminaron hacia la muerte con la cabeza hirviendo de sueños, y que caminaron engañados. Bolaño hizo la literatura de esa gran derrota, en medio del espanto y el caos de las urbes alocadas de América Latina (y algunas veces de Europa), ciudades desesperadas por las que van y vienen sus personajes imaginando un poema, o con un libro de Pascal debajo del brazo, preguntándose, ¿por qué nací en esta época y no en otra? Bolaño se consideraba latinoamericano a secas, no chileno ni mexicano. Su obra es la quintaesencia de lo mexicano, sí, pero también de lo latinoamericano.

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