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Un alcalde vial

Noviembre 05, 2019 - 11:35 p. m. Por: Rubén Darío Valencia

Cali es hoy una ciudad lenta, intransitable, infartada. Las administraciones municipales han sido incapaces de seguirle el paso, por un lado, al crecimiento geométrico de la expansión urbana de vivienda, especialmente hacia el Sur y hacia el Oriente (vía a Candelaria), y por el otro, a la eclosión del parque automotor como resultado del crecimiento de la clase media. Resultado: más propietarios de casas, carros y motos, pero con menos vías, puentes, viaductos, motovías y ciclorrutas. Una ciudad atosigada, aburrida, tensionada, peligrosa y con números indeseados de muertes y heridos en las pocas vías claves que nos quedan, rotas, empequeñecidas y que parecen no ir muy lejos.

En consecuencia, para mí, uno de los retos más acuciantes del nuevo Alcalde será, sin duda, darle un poderoso impulso a las obras viales de cuarta generación (puentes elevados de doble propósito, hundimientos peatonales, vías circunvalares, etc.), más allá de los bolardos y los reductores que sirven en algunos casos, pero que en todos levantan polémicas.

No podemos seguir pensando en desmotivar y en deslegitimar el uso del vehículo particular poniéndoles trampas, apretándolos con medidas poco claras legalmente como el pico y placa de varios días o dobles dígitos, u obligándolos a pagar por su uso o estrechando las vías para vencerlos por jartera. Ni pensando que solo metiéndole plata sin fondo al MÍO, para garantizar el derecho a la movilización a una gran parte de la ciudad, se soluciona el problema.

El Alcalde debe diseñar, socializar y garantizar la ejecución de desarrollos viales que desafíen los problemas de la movilidad caleña. Soluciones que, dicho sea de paso, deben ser asumidas por todos o, como en el caso de las obras de conexión interurbana, no solo por la Alcaldía, sino por la Gobernación y la Nación. Eso esperamos para el tren de cercanías.

Y, por qué no, con propuestas atrevidas con los peajes como modelo de financiación para obras de gran impacto como la que se propone para la Vía al Mar, que cada domingo o fin de semana nos regala 18 kilómetros de trancón, el más grande de Colombia.

Y por el otro, reconstruir la convivencia de Cali, ciudad de puertas abiertas, pero en la que la gente llega más motivada por los derechos que por los deberes. De nada servirán todas las obras, todos los edificios, todos los colegios, si quienes debemos compartirlos, usarlos y cuidarlos seguimos engarzados en una falsa pero viejísima contienda: entre ricos y pobres, entre negros y blancos. Entre uribistas y petristas. Con esos embelecos, torcidos y trasnochados, no puede gobernar nadie. Ni prosperar legítimamente nadie.

Por los lados de la Gobernación, el desafío está la seguridad global de la región, incluida Cali.

La presencia del narcotráfico, con un jugador nuevo: los cárteles mexicanos, y sus alianzas renovadas con los actores residuales del conflicto, están trayendo de nuevo viejos demonios: el secuestro, la extorsión, las muertes selectivas, el desplazamiento de comunidades.

Buenaventura sigue siendo esa fotografía horrorosa en el buró de los gobernantes, el toque de atención de que estas guerras han comenzado de nuevo.

Para ello, la política deberá ser, desde el Palacio de San Francisco, la de conectar todos los intereses políticos, todos los poderes del Estado regional y todas las voces sociales disponibles para construir la esperanza que todos necesitamos.

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