Opinión
Piloto ebrio, pero hay piloto automático
El tiempo pasaba y el capitán no salía. Era claro que no hablaría con la Andi ni con Fedecafé; con los banqueros tampoco, y la inquietud se convertía en angustia.
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27 de ago de 2023, 12:22 a. m.
Actualizado el 27 de ago de 2023, 12:22 a. m.
Se mueve este avión llamado Colombia. Todos los pasajeros coinciden en llegar a un lugar seguro donde encuentren bienestar y seguridad. Algunos hacen mayor énfasis en que sea un destino para pasarla sabroso, donde no haya que trabajar mucho, pero que los placeres de la vida estén subsidiados por el Estado, desde comidas y bebidas hasta la salud afectada por los excesos y la resaca. Otros aspiran a disfrutar con los intereses de sus ahorros o la rentabilidad de sus emprendimientos pensando con responsabilidad en el futuro. El Estado debe facilitar las condiciones de la pesca, pero no regalar el pescado.
¿A dónde llegará el avión? Las preguntas se le hacen a la tripulación porque el piloto se supone que está concentrado en la ruta. La copiloto, Francia Márquez, contesta: “Yo ya les dije: ¡Vamos a vivir sabroso! Pero no me pregunten más cómo y de dónde saldrá la plata. Me gusta la igualdad y ya”. El ingeniero de vuelo, Iván Velázquez, es interrogado por unos militares que van a bordo, pero este los ignora despectivamente. “¿Pero usted no es de los nuestros?”, le pregunta un pasajero que pertenece a la FAC. “¡Ve este igualado!”, contesta Velázquez, perdiéndose tras la cortina que separa la clase ejecutiva de los demás mortales. Luis Fernando Velasco aparece en la escena y surge esperanza en los pasajeros. Sin embargo, desde que comienza a caminar por los pasillos solo consigue embarrarla. Le riega el café al pasajero Cesar Gaviria, pelea con cada gobernador que va a bordo; un verdadero desastre.
Alguien pregunta en voz alta: “¿Nadie sabe para dónde vamos?”. Todos murmuran su propia suposición. Ninguna coincide con la otra. En el desespero, una señora grita: “¿Qué se hizo el auxiliar de vuelo alto, maduro, belfo, de pelo crespo y blanco, como si hubiera salido del baño sin quitarse el shampoo?” “¡¡Ocampo!!”, dicen algunos. “Olvídate, mija, yo lo vi cuando se bajó antes de que el avión empezara a carretear”. “¡Qué vaina! Ese era el que más confianza me daba de la tripulación”.
“No hay de otra, que el piloto nos conteste si vamos en el rumbo correcto”, proclamó una señora quien armada de valor decidió correr la cortina de primera clase para buscar el piloto. A los pocos segundos regresó con los ojos desorbitados: en clase ejecutiva, aislados de los demás humanos, están tomando Whisky, consumiendo caviar y langostinos, los senadores reinsertados y sus aliados. Catatumbo, Lozada, Piedad Córdoba, Sandra Ramírez, Bolívar y muchos más. Todos prendidos y felices. “¿Pudiste hablar con el piloto?”, le preguntaban al unísono todos los de fuselaje, representantes de diferentes regiones y actividades. “Salió una azafata de apellido Sarabia y me pidió la lista de los grupos de viajeros. El capitán cada 20 minutos se reunirá con cada grupo para explicarle las condiciones del vuelo y detalles del destino. Arranca con los de la Andi, siguen los de cafeteros, después los banqueros, que el consejo gremial esté junto, después los de la salud, etc. ¡Confiemos y esperemos!”
El tiempo pasaba y el capitán no salía. Era claro que no hablaría con la Andi ni con Fedecafé; con los banqueros tampoco, y la inquietud se convertía en angustia.
Decidieron dos de ellos buscar directamente al piloto; casi se caen por los lagos de salsa rosada con caviar cuando pasaron por primera clase, entraron a la cabina y desde allí enviaron un mensaje a todo el avión: “Lamentamos comentarles que el capitán está profundamente dormido. Hay, entre otras, licor abundante en la cabina. Lo bueno es que el piloto automático está bien puesto, estamos en un avión de gran calidad y la opción es que al aterrizar, ignorando el piloto y la aerolínea, debemos seguir haciendo lo que sabemos hacer: una patria grande con empresarios visionarios y comprometidos. ¡Dios nos ampare en el aterrizaje!”
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