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María Elvira Bonilla

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Petro en su torre de marfil

El Presidente desconfía de los medios. No convoca a ruedas de prensa y tampoco cree en los tradicionales diálogos ‘off the record’ con la prensa, me explican.

23 de febrero de 2024 Por: María Elvira Bonilla

El Palacio de Nariño solía ser un lugar de mucho movimiento. Gente entrando y saliendo con cédula en mano, colas para la requisada de carteras y control de celulares, funcionarios de otras dependencias y gobernantes locales cumpliendo citas para sacar adelante proyectos. Un centro de poder muy activo. Pero además periodistas con sus cámaras listas, apostados durante largas horas a la espera de declaraciones del Presidente o de cualquiera de sus acompañantes del Alto Gobierno. Nada de eso ocurre en la Presidencia en tiempos de Gustavo Petro.

No hay congestión alguna para acceder ni hay movimiento de visitantes. Porque no hay visitantes; ni alcaldes, ni gobernadores, ni congresistas lagarteando nombramientos o detrás de cupos indicativos en las regiones. Las relaciones políticas se manejan en otros escenarios y de otra manera; compartimentadas, con correos humanos como en el mundo de la clandestinidad.

El Presidente desconfía de los medios. No convoca a ruedas de prensa y tampoco cree en los tradicionales diálogos ‘off the record’ con la prensa, me explican. En la misma línea de las teorías conspirativas del golpe blando, le resulta inútil cualquier intercambio con periodistas porque percibe al gobierno atrapado por una matriz mediática adversa, en la que el diálogo no daría frutos, tesis que comparte casi todo el gobierno, razón por la cual, el aislamiento es la norma.

Un aislamiento que se siente al interior del Palacio de Nariño. Un lugar silencioso y solitario, donde escasas personas, por no decir nadie, transita por los corredores y muy especialmente en el piso quinto donde está el despacho presidencial. La soledad del poder del que tanto se habla es una realidad fáctica que se siente en el espacio físico donde trabaja: un presidente solitario que evade las reuniones y el intercambio de ideas, que convoca consejos de ministros casi que por obligación legal en los que manda el monólogo y la comunicación unidireccional con frecuencia recriminatoria; un gobernante que ha puesto al Twitter (X) a reemplazar la interlocución entre seres humanos.

Contigua a su despacho está la oficina de la cabeza del Dapre, el músculo ejecutivo, el ordenador del gasto de las necesidades y los requerimientos de todo cuanto ocurre en Palacio. Allí aterrizará desde esta semana Laura Sarabia, llamada a controlar los hilos del poder presidencial y hacer de cadena de transmisión con el gobierno. El alter ego de Gustavo Petro, por lo que se ve, imprescindible en las tareas del gobernante. De allí, la extraña cabriola burocrática que se realizó para poder colocarla, hace apenas cinco meses en el Departamento de Prosperidad Social - para habilitarla como funcionaria pública y poder contar con ella en reuniones de toma de decisiones, una hábil amanuense en los viajes internacionales.

En el último a Alemania, en el que la ausencia del director del Dapre, Carlos Ramón González, sería la señal de su retorno al Palacio presidencial. Ahora, a diferencia de la jefatura de gabinete de donde salió chamuscada, pero al final terminó catapultada, manejará una robusta chequera de la que el año pasado habían salido $ 26 mil millones. Allí estará junto al Presidente en la torre de marfil, donde permanece felizmente separado del mundanal ruido, desconectado de la urgencia de tener que volver realidad sus discursos y promesas.

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