Eso somos…

Eso somos…

Junio 24, 2018 - 06:50 a.m. Por: Pedro Medellín

Hemos recibido duras lecciones estos días. Con ocasión del Mundial de fútbol, por las redes han circulado videos que muestran de cuerpo entero esa particular condición de ser colombiano. Ver a un aficionado sirviéndose feliz un trago en unos ‘vinoculares’, revelan lo ingeniosos que somos, pero también la disposición que tenemos a transgredir la ley, a eludir las normas. No importa cuántas veces se les haya informado sobre la prohibición que regía. O ver a otro entusiasta de la selección que, aprovechando el desconocimiento del idioma por parte de unas japonesas, las lleva a decir palabras que agreden su condición humana, nos pone de frente al demonio machista y violento que se lleva por dentro. No importa cuán fuerte sea la agresión, sino qué tan divertido pueda parecer.

Esos videos nos han dejado ver ese lado oscuro que nos habita tan cotidianamente: chabacanos, aprovechados, ruidosos, mezquinos, violentos, pretenciosos. No pasamos de ser sujetos que, colectivamente, se jactan de incumplir las leyes; que se ufanan de lo tramposos que pueden llegar a ser; o se sienten orgullosos de lo hábiles que son para matonear a quienes pueden estar en condición de inferioridad.

Y ese ser colombiano es el que dejamos ver en todos los ámbitos de la vida en sociedad. En los negocios, la política o la vida escolar. Vivimos una cultura cuyos referentes éticos se mueven dependiendo de las circunstancias. Y sin embargo, nos declaramos sorprendidos cuando estalla un caso de corrupción; nos parece normal que una senadora (que se reclama luchadora contra los corruptos), pase de cuestionar la ética de su competidor a aplaudirla cuando se convierte en su aliado. Como si la corrupción solo fuera un tema de platas. No somos conscientes sobre cómo reforzamos en nuestros niños el rechazo a una cultura de la responsabilidad en las escuelas y colegios. No cuestionamos a quien comete una agresión a una de sus compañeras. Más bien lo encubrimos.
Y en cambio, a quien exige que los que mal actuaron asuman la responsabilidad por lo que han hecho, se le señala y condena como delator.

Por eso somos lo que somos y estamos en lo que estamos. En la política tenemos, por una parte, a un sector del establecimiento plegado al nuevo Presidente, a ver cómo mantiene su sistema de favores y las redes de influencia que le permiten enriquecerse. Una larga fila de políticos que, en nombre de la paz o de la lucha contra la corrupción, saltan de cama en cama, usurpando todo lo que pueden. Y por la otra, a una oposición que por primera vez llega con posibilidades de ganar, lejos de asumir una actitud constructiva asume la acción amenazante y burlona. “Los asustamos”, dice su líder con soberbia. “Los asustamos, los asustamos”, repiten sus seguidores con desafiante violencia.

Lo mismo en los negocios. Por un lado, tenemos a unos empresarios-rentistas que se han enriquecido gracias a los beneficios que les reporta el estar exentos de impuestos; el tener ventajas competitivas en el mercado; el no cumplir con todas las obligaciones con sus trabajadores; o por la exclusividad que les ha entregado el Presidente de turno como señal de amistad o retribución por haber financiado su campaña. Y por otro, un empresariado-emprendedor que, a pesar de que esté cumpliendo con sus responsabilidades debe enfrentarse a las mafias de la obstrucción y la extorsión.

No se trata de dividir al país entre buenos y malos. Aquí todos tenemos parte de la responsabilidad por esa cultura que vivimos. Y muchas veces, hemos ayudado a reproducir. Yo mismo, por acción o por omisión, he contribuido a esa cultura que hoy nos avergüenza. Es hora de rectificar y retomar el camino que erradique la cultura del matoneo y del todo vale que nos rige y que nos hacer ser como somos: exactamente lo contrario de lo que pretendemos ser.

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