Escuchar este artículo

Último día del padre

Junio 28, 2020 - 11:45 p. m. Por: Paola Guevara

Hay cosas que uno no entiende cuando es demasiado joven. Pero un día la mente conecta los puntos dispersos, y lo apreciamos todo bajo una luz distinta.

Yo no entendía, por ejemplo, que mi padre-abuelo se empeñara en comprar los tomates más chicos y deformes, las fresas más maltrechas y golpeadas, que vendían en el mercado las viejecitas que se apostaban solitarias con sus costales y bandejas. Darles limosna habría sido para él menospreciarlas, ubicarse en el lugar del dador, así que compraba lo que nadie más compraría para dignificar su trabajo. Y para él, el trabajo era la más grande ética.

Yo no entendía que nos hiciera a mi hermano y a mí pintar las paredes de sus apartamentos, cuando los inquilinos los desocupaban. Que si tenía dinero para contratar obreros prefiriera separar a dos adolescentes del televisor y ponernos un rodillo en la mano. Nos quejábamos,
protestábamos, pero nos repetía firme que teníamos que aprender a valorar y a sentir como propios los bienes que un día, cuando él muriera, serían nuestra herencia.

Yo no entendía que corriera por toda la casa apagando luces innecesarias, y predicando la importancia del ahorro. Que todo lo comprara de contado o que uniera los restos de los jabones de manos para armar nuevas bolitas reutilizables. Esta semana falleció, a sus 87 años, sin dejar una sola deuda, sin dejar una sola tarea pendiente.

Anunció que ya no hacía falta tomar su pastilla para la presión pues -dijo- Dios le anunció que vendría por él. Esperó mi cumpleaños, el 20. El día del padre, el 21. El cumpleaños de su hija menor, el 22. Pidió tomar el sol en el jardín de su amada casa, el 23, y repitió varias veces “estoy feliz” mientras contemplaba sus árboles de durazno. Dio una última vuelta en su carro.

A la mañana siguiente, a plena luz del día, como quien tiene cuidado de evitarles a los suyos la angustia nocturna de sombras y llantos, se desplomó junto a la puerta de su habitación, y corrieron a auxiliarlo su esposa y sus hijas. Le faltaron manos para tantas que querían tomar las suyas, esas manos grandes de letra preciosa y firma elegante, con las que llevó finanzas exactas.

Le preguntaron si sentía dolor y negó con la cabeza. El hombre del recio carácter, dulcificado por los años, sonrió y al cabo de pocos minutos exhaló. Su partida fue rápida, breve, en su casa, en medio de los suyos. La culminación de su periplo por el mundo fue en sus términos: natural. Sin cánulas, medicinas, artificios. Puede ser suave y bella la muerte, fue su enseñanza final.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS