Autógrafos extraños

Autógrafos extraños

Noviembre 04, 2018 - 11:45 p.m. Por: Paola Guevara

Desperté temprano y encontré mi biblioteca llena de hormigas. ¿Qué pasó aquí? Seguí el rastro. Brotaban los insectos, con profusión, del interior de un libro en particular: ‘El Mitómano’, del novelista ecuatoriano Adolfo Macías Huertas.

Cuando lo abrí para sacudir los formícidos que ahora subían por mis brazos recordé que días atrás Macías y yo almorzamos, con ocasión de la Feria del Libro de Cali; conversamos animadamente y me autografió su libro pero, en lugar de firmarlo con tinta, plasmó su huella con la salsa de chocolate del postre que compartimos con otras personas.

Las hormigas, desesperadas, luchaban por arrancar esa rúbrica y convertirla en botín para su hormiguero. Ahuyenté a las intrusas negras que me robaban la huella de mi nuevo amigo, pero ellas habían hecho lo suyo: dejaron una mancha plana, más parecida a una desaliñada salpicadura de café que a la huella digital de un fantástico novelista.

La novela está basada en la vida real: Adolfo es un mitómano. Tras años de mentir fingió la muerte de un amigo y lloró a los gritos, de forma tan realista que todos los invitados a una fiesta se acercaron a consolarlo.
A la mañana siguiente se dijo “Soy un mitómano”. Y, preocupado por la certeza sobre su propia patología, escribió una novela. Fue curado. Los síntomas cesaron. La literatura lo salvó de la mitomanía.

Todo esto de las hormigas, para sugerirles que no acepten autógrafos en chocolate. Y para recomendarles la lectura de esta novela que, al mentir, dice tremendas verdades sobre la mentira.

Días después el escritor traductor Juan Fernando Merino, quien dirige la Biblioteca del Centenario, de Cali, presentó su libro de cuentos ‘Toreros en la nieve’. Los diseñadores y editores de su libro ilustraron la edición con la imagen de un campo nevado, que nada tiene que ver con toreros, y me confesó Juan Fernando que le habría gustado ver un banderín rojo o una mancha de sangre en la portada.

Bromeamos sobre la buena idea que sería cortarse un dedo y dejar una mancha de sangre estampada en la portada de los libros, como aporte gráfico del autor.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando, días después, Merino me envió un ejemplar autografiado de su libro que contenía, además, una huella dactilar con su propia sangre.

Tremendo detalle, me dije, y temí que las hormigas pudieran volver a mi biblioteca, que se llevaran el ADN del escritor a su hormiguero, pero por fortuna no se mostraron interesadas en la sangre humana.

Todo esto para sugerirles que no dejen de leer ‘Toreros en la Nieve’, y hacerlo antes de que el Gobierno cumpla su nefasta amenaza de subir el IVA a los libros para desangrar a los ya sacrificados lectores, a los ya anémicos escritores, y a la industria editorial que lucha por construir un mundo más culto, informado, ingenioso, poético y sensible que prefiera la sangre en las venas, o en los autógrafos, y no en los campos de batalla.

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