De música y mujeres

De música y mujeres

Julio 26, 2018 - 11:40 p.m. Por: Ossiel Villada

Hace ya varios meses la gerente de Corfecali, Luz Adriana Latorre, aceptó mi propuesta de que el próximo desfile del Salsódromo rinda un homenaje a las mujeres caleñas y a su lucha permanente por ganar espacios de visibilización, equidad y reivindicación en la sociedad.

Para materializar esa idea Luz Adriana convocó a algunos melómanos, trabajadores de la cultura, ‘pensadores’ de ciudad y, por supuesto, mujeres de diferentes ámbitos que durante largas horas hemos ‘botado corriente’ sobre el asunto.

Se trata de un reto complejo, y a la vez hermoso, pues por primera vez en la historia de esta Cali salsera intentaremos lo que el cantautor panameño Rubén Blades logró exitosamente por allá en los años 70: convertir la Salsa, esa música orientada desde sus orígenes al goce del cuerpo, en un escenario de generación de conciencia sobre las problemáticas sociales que rodean al bailador.

Y de los muchos problemas que aquejan a esta ciudad, donde se baila cada noche como si no hubiera un mañana, los que afectan a la mujer son tan graves como invisibles: acoso, violencia, inequidad, para mencionar solo algunos.

Como parte de ese ejercicio, en las últimas cuatro semanas hemos escuchado, con la atención que no se suele tener cuando hay otras distracciones de por medio, toneladas industriales de música.

Pero hace un par de noches confirmé una realidad dramática y terrible que nunca antes había evidenciado en su real dimensión: la música ha sido el mayor verdugo de la mujer a lo largo de nuestra historia.

En el caso específico de la música que analizamos, toda la que tiene su origen en el entronque histórico de África con América después de la Conquista, no existen, no hay temas musicales que hayan sido creados con el propósito de evidenciar y resaltar el papel determinante de la mujer en la sociedad.

Todo lo contrario. Salvo algunas cuantas excepciones, que felizmente son las que nos permitirán concretar la idea del Salsódromo este año, la mayoría de la música popular latinoamericana ha sido hecha para agraviar, humillar, maltratar, cosificar, manipular, extorsionar, juzgar, condenar, incluso asesinar, a la mujer.

La naturaleza humana es tan compleja que la maldad suele tener rasgos de perfección notables. Y esta es, si se quiere, la perversión más sublime que el pensamiento patriarcal ha construido a lo largo de la historia de los pueblos latinoamericanos: hacer que la violencia de los hombres contra las mujeres se baile, se cante, se festeje; lograr que ellos la justifiquen y que ellas la acepten, como si el de la música fuera un universo paralelo que nada tiene que ver con este, donde a las mujeres las matan porque sí… y porque no.

“Yo no hablo de las mujeres ni con bugido, ni con razón. Pero hay alguna que otra que se merece su pescozón. Yo sé de una que si un día la cojo fuera de la población, yo la mato, o pide perdón…”

Esa amenaza directa quedó grabada en la voz del gran Daniel Santos. Y años después, la Sonora Matancera la convirtió en sentencia: “Mátala, mátala, mátala, mátala… no tiene corazón, mala mujer”.

Ese tipo de cosas, y miles más, se han bailado y gozado durante décadas, sin prestarles mayor atención, en esta ciudad donde ya van 17 feminicidios este año y la violencia de género es pan de cada día.

Que descubrí el agua tibia, me dirán algunos con razón. No me importa. A mí me alegra verlo con la mirada que tengo hoy. Esta ciudad, este país, este mundo, está lleno de verdades terribles que todos aceptan porque sí, porque fue lo que nos enseñaron, porque las cosas siempre fueron y serán de esa forma.

Yo creo que no tiene por qué ser así. Por eso desde ya los invito al Salsódromo del 2018. Festejar una nueva conciencia sobre el mundo, sobre la mujer, sobre nosotros mismos, es una manera de empezar a cambiar.

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