Un alma de hielo

Un alma de hielo

Enero 25, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Cuentan que Ramón Mercader, el asesino de Trotsky mandado por Stalin a México en 1940, se ganó su confianza para entrar en su casa y cuando estaba sentado en su escritorio revisando un documento que el mismo Mercader había escrito, le clavó en la cabeza un piolet de alpinista que había entrado escondido entre sus ropas. Esa es la versión más exacta de lo ocurrido.

En la pugna por el poder del soviet supremo, donde los comunistas son una minoría que se impone a sangre y fuego, gana Lenin. A su muerte a los 53 años, precipitada por los disparos de una anarquista, lo sucede Stalin, quien manda al exilio a Trotsky sólo porque es demasiado popular entre el ejército como para matarlo como lo ha hecho con sus demás rivales. Luego se arrepiente y ordena asesinarlo para acallar una voz que habla en el extranjero de la pureza de la revolución permanente y denuncia la traición de Stalin a los principios sagrados del marxismo,
Jamás en la historia del mundo se produjeron tantos muertos como entonces a nombre de una ideología. Todos ellos, Lenin, Stalin, Trotsky, igualmente crueles, implacables, aplastando sin misericordia cualquier intento de rebelión interna que fueron muchos. La revolución rusa y las purgas de Stalin producen de lejos más muertos que la represión zarista. Pero el poder de la propaganda los convirtió a todos por decenios en padres de la nueva Rusia, en los héroes del pueblo que han masacrado sin piedad.

Cambian los tiempos. La televisión rusa ha producido una serie monumental, al costo millonario de cualquier producción norteamericana, sobre Trotsky, que les quita a él y a todos los demás protagonistas de esa cruenta revolución, todo halo revolucionario y los deja desnudos en su lucha sin cuartel por el poder.

Sin mucha precisión histórica, convierte la vida de León Trotsky en un drama teatral, donde dialoga con su eventual asesino sobre su vida. Jackson, quien es Mercader disfrazado de periodista, recrimina a Trotsky todo el tiempo sobre los fracasos que lo han llevado al exilio, y don León se defiende con la espada de la ideología que justifica todos los excesos: su papel en el tratado de Brest-Litovsk que entrega parte de Rusia a Alemania, una derrota producto de la desmoralización del ejército generada por los propios comunistas; en la formación del ejército ruso, que se le debe a él al costo de una disciplina férrea y mortal; en el gobierno, donde vuelve a todos los ministros en su contra con su soberbia y su frialdad; en el establecimiento del movimiento comunista internacional sobre la base de la revolución permanente, que le da fama mundial. Y en la cama, por donde pasan todas seducidas por su extraño atractivo, incluyendo a Frida Kahlo en las propias narices de Diego Rivera.

Lo interesante de esta serie, tan plagada de simplificaciones históricas sobre unos acontecimientos que han producido volumen tras volumen de análisis e interpretaciones, es que sea hecha en Rusia con el evidente beneplácito del gobierno, que de este modo sepulta, en su propia casa, con el poder del cine, lo que queda del prestigio de los protagonistas de esos eventos. Moraleja: la historia la escriben los vencedores, pero no por mucho tiempo. Al final, una última imprecisión: Trotsky descubre la doble identidad del Mercader y precipita su propia muerte. Una especie de suicidio producido por el cansancio de esa alma de hielo.

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