Mermelada

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Mermelada

Enero 22, 2021 - 11:40 p. m. Por: Óscar López Pulecio

“Soy Presidente de Estados Unidos, revestido con gran poder. La abolición de la esclavitud por disposición constitucional determina la suerte, para los tiempos venideros, no sólo de los millones hoy en sumisión, sino también de millones de no nacidos que vendrán. Una medida de tal importancia exige que los dos votos que faltan deban ser conseguidos. Yo le dejo a usted que determine cómo debe hacerlo, pero recuerde que yo espero que usted los consiga”, le dice Abraham Lincoln, el incorruptible, a uno de los emisarios que había enviado al Congreso a conseguir los votos para la aprobación de la decimotercera enmienda a la Constitución que abolió la esclavitud.

La cita es del famoso libro ‘Equipo de Rivales’ (Team of Rivals: the political genius of Abraham Lincoln), de la historiadora Doris Kearns Goodwin, que reconstruye el gabinete de guerra de 1861 formado con los rivales de Lincoln en la campaña presidencial, republicanos como él, no siempre muy leales, y los métodos utilizados para obtener la aprobación de la 13 enmienda. Steven Spielberg se basó en el libro para su laureada película ‘Lincoln’.

Ya habían conseguido por el camino de la compra de votos a cambio de prebendas una veintena de congresistas. Esos dos votos que faltaban se consiguieron. La aprobación le costó a Lincoln la vida. El 1 de febrero de 1865 se firma la 13 enmienda, el 9 de abril se termina la Guerra de Secesión, que gana, y el 15 de abril es asesinado.

La costumbre de que los votos de los congresistas norteamericanos se consiguen a cambio de prebendas es tan vieja como la Guerra de Secesión. Las prebendas son apoyos a proyectos que ellos han impulsado, beneficios para sus regiones, exenciones fiscales para empresas que los apoyan, cualquier cosa menos la compra directa y en efectivo del voto. Mermelada pura.

Grandes reformas como la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, en 1964 durante el gobierno de Lyndon Johnson, que establece el fin de la discriminación racial, un siglo después de la abolición; la Reforma Fiscal de 1974, durante el gobierno de Ronald Reagan, que lleva a la práctica la política de estímulos a los ricos para que creen empleo, cuya efectividad nunca ha sido demostrada, y el mismo New Deal de Franklin Roosevelt, que permitió salir de la recesión de los años treinta, con la política contraria de estimular directamente la demanda, fueron conseguidas por métodos similares: uso de fondos estatales para conseguir votos, intercambio de favores, y puro y llano clientelismo.

Barack Obama en el primer tomo de sus memorias, que se refieren a su ascenso político y a su primer período presidencial, recuerda esos antecedentes, para decir, sin remordimiento, que los métodos usados por él para conseguir la aprobación de la Reforma Sanitaria, su ‘Obamacare’, fueron parecidos, pero no tanto. Negociaciones uno a uno con representantes y senadores, aun de su propio partido. Promesas de apoyos aquí y allá. Recursos presupuestales para iniciativas de los Estados que representaban. En fin, la misma vieja historia de cómo funciona el mundo en todas partes, aún en aquellas que consideramos con altísimos estándares éticos. Hay por supuesto, unos casos peores que otros. Y algunos escandalosos. Pero, aunque veamos siempre más verde el prado al otro lado de la cerca, en todas partes se cuecen habas.

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