Jurar en vano

Jurar en vano

Enero 17, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

No jurarás el nombre de Dios en vano, es el segundo mandamiento de la ley religiosa judía y cristiana que recibió Moisés en el Monte Sinaí, según el Libro de Éxodo. Debió haber añadido, ni los de los dioses de los otros. Se hubiera evitado así mucha sangre. Porque no hay versión más peligrosa de la religión que el fanatismo, que se expresa por una interpretación rigurosa de la ley de Dios y la exclusión o aniquilación de quienes la interpretan de otra manera o no creen en ella. Para los fanáticos religiosos desconocer la Ley de Dios es ya de por si un gran pecado, pero burlarse de ella un sacrilegio sin nombre. El que no reconozca ese peligro, corre sus riesgos.En el otro extremo de esas creencias está la sociedad laica. Puede decirse que el laicismo es la gran conquista de la modernidad: la independencia del Estado de la Iglesia, que lleva consigo la libertad de cultos. El laicismo es una consecuencia del desarrollo de las instituciones liberales. Es la quinta esencia de la cultura política porque permite el libre debate de las ideas, la libertad de conciencia, el respeto por los derechos individuales. Es sobre la independencia del Estado frente a la religión que se desarrollan históricamente los derechos del hombre. Para decirlo de un modo crudo, la democracia occidental está fundada sobre las ruinas del poder de la iglesia católica. La pérdida de la Iglesia Católica del poder político llevó consigo la pérdida de la legitimidad del derecho divino de los reyes a gobernar y el traspaso del poder al pueblo soberano. Todo el conjunto de derechos que surge de la sociedad laica permite la libertad de expresión y su más punzante consecuencia: la sátira. La posibilidad de burlarse del poder, de Dios, de los políticos y del clero, está basada en la garantía de que el crítico saldrá indemne de ese atrevimiento. Es la sociedad liberal como un todo la que ofrece esas garantías civiles, que infortunadamente sólo son válidas dentro de sus fronteras.Sólo que las fronteras políticas ya no existen y el mundo es uno solo, vasto, confuso y peligroso. De alguna manera tremenda, la globalización ha derrumbado las murallas de garantías que han ido protegiendo a la crítica. Si alguien se burla de Alá y Mahoma, su profeta en París, las repercusiones pueden venir de Yemen. Y no hay Estado que pueda proteger a sus ciudadanos de esa venganza. Para el ciudadano francés corriente una caricatura de Charlie Hebdo puede resultar cáustica y divertida, que es el estilo del semanario. Para un musulmán fundamentalista, de la yihad, nacido en Francia, de origen árabe, entrenado en las tácticas de terrorismo en Yemen, con derecho a la libre circulación en la Unión Europea, y con acceso al mercado de armas, puede resultar una ofensa que requiere ser vengada, sin que nadie pueda detenerlo porque su inocencia se presume hasta cuando sea probada su culpa, que es como se expresa el Estado Liberal en el derecho penal.Todo lo cual significa que la gran lucha de la civilización es llevar los principios de la sociedad democrática y el laicismo, a todos los rincones del mundo. Pero mientras eso sucede, no es muy prudente suponer, en un mundo globalizado, que esa sociedad ya existe, y que estamos protegidos por las fronteras nacionales. Mejor burlarse de los políticos, que ofrecen un material tan rico y están obligados a ser inofensivos ante la burla. Y no meterse con Alá.

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