La montaña turca

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La montaña turca

Septiembre 13, 2019 - 11:40 p. m. Por: Muni Jensen

En un mundo lleno de autócratas nacionalistas, Recep Tayyip Erdogan, primer ministro de Turquía desde el 2003 y presidente desde el 2014 es indudablemente el rey. Erdogan, exfutbolista de origen islámico y fundador de su propio partido fue reelegido en 2018 tras capitanear una serie de reformas económicas que transformaron al país, mejoraron los índices de pobreza y llevaron a los turcos más cerca de la Unión Europea. El desempeño económico continúa hoy, tras navegar con éxito la crisis del 2008, y superar los recientes reveces financieros.

Turquía, con 81 millones de habitantes, pasó de país en desarrollo a convertirse en economía urbana de ingreso medio e indicadores macroeconómicos sólidos. A pesar de la desaceleración de la economía mundial, les espera un crecimiento del 3% en el 2020, aumentos en la inversión y un repunte en el empleo. Hoy este país miembro de la Otan, se considera un jugador en la mesa de los grandes en la política internacional. Gran parte de esta transformación se le debe a su arrogante presidente.

Sin embargo, en lo político Erdogan no sale bien librado. Su gigantesco ego, arropado en la promesa de crear una “Nueva Turquía” viene acompañado de una gran sombra autoritaria. Su represión a la prensa, a la sociedad civil, los intelectuales, la comunidad Lgbtq, los artistas y los disidentes ha sido fulminante y cruel. Ha encarcelado opositores, cerrado medios, bloqueado las redes y creado una muralla de seguidores que diseminan información amañada o falsa sobre sus opositores y hacen propaganda a su gobierno.

En las relaciones internacionales es igual de polémico. A pesar de estar en fila, gracias a exitosas reformas estructurales, para ser aceptado en la UE, ha creado una relación tensa y arbitraria con sus miembros. Sus vínculos con Rusia, incluyendo nuevos negocios de gas y compra de misiles a Putin, han creado obvias tensiones. Tristemente los líderes de Europa hoy, con sus países paralizados con Brexit, renuncias presidenciales, bajos niveles de popularidad, fines de mandato y líos de inmigrantes, se han quedado sin herramientas para contrarrestar estas negociaciones. Sus acercamientos a China e Irán también generan preocupación. Con Trump sostiene una relación de amores y odios, como solo podría suceder entre personas con características y egos similares, y pocos auguran que los recientes intentos de amistad sean duraderos.

Erdogan guarda en su mano una carta que le permite moverse con impunidad y actuar como le parezca. Turquía ha recibido en los últimos años a más de tres y medio millones de refugiados sirios, que ahora amenaza Erdogan con enviar a Europa. Con este garrote en la mano, les recuerda a los europeos el enorme impacto social y económico que tendría el éxodo sirio. En los últimos días ha preocupado a sus colegas de la Otan con otra advertencia: su deseo de construir un arsenal nuclear. Con estas declaraciones y tras años de persecución y ataque a los derechos humanos, a la disidencia y a la oposición, Erdogan ha pasado al club de los dictadores que se disfrazan de democráticos eligiendo y reeligiéndose a través de las elecciones.

Pero el camino se le está empezando a complicar. A Erdogan le aparecieron rivales, uno de ellos desde su propio gobierno. El vicepremier Ali Babacán formó un nuevo partido, mientras el alcalde de Istambul, Ekram Imamoglu, aparece como un contrapeso cada vez más visible. Para los optimistas esta puede ser una señal de que el péndulo miedoso del nacionalismo está empezando a devolverse. Ojalá lo que lo sustituya, en Turquía y en el mundo, sea otra vez un compromiso con la libertad, la democracia y el imperio de la ley.

Sigue en Twitter @Muni_Jensen

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