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Adiós Afganistán

Julio 30, 2021 - 11:40 p. m. 2021-07-30 Por: Muni Jensen

A principios de julio, en medio de distracciones y vacaciones, Joe Biden anunció el retiro de las tropas americanas en Afganistán. La decisión se tomó en medio del resurgimiento de la violencia por parte de un Talibán crecido y ganando terreno. Su argumento se basó en la imposibilidad de mantener una presencia militar indefinidamente.

Llamada por los militares en EE.UU la guerra eterna o ‘forever war’, la presencia americana bate récord como la operación militar más larga de su historia, instalada en el terreno por más de veinte años. En su discurso oficial, Biden explicó que en adelante se librará una estrategia contraterrorista “por encima del horizonte”. Nadie sabe eso qué quiere decir y lo efectiva que puede ser.

El retiro incluye el apoyo táctico y diplomático al gobierno, y un esfuerzo por repatriar los aliados americanos, incluyendo traductores y trabajadores de la salud que quedan desprotegidos. No será suficiente y muchos temen que esta retirada resulte en una inminente guerra civil y el deterioro final del gobierno. Este escenario, cada vez más probable, se convertiría el primer gran error en política exterior del presidente de los Estados Unidos.

La decisión de Biden es peligrosa, políticamente dañina y tendrá repercusiones dentro y fuera de Afganistán. Pero quedarse eternamente en un país que no representa un gran peso geopolítico tampoco genera resultados, ni ha logrado fortalecer al gobierno de Kabul. Lo cierto es que aunque sea controvertido, resulta cada vez más difícil justificar la presencia de sus tropas en el terreno.

Otros presidentes, incluyendo a Barack Obama, han prometido lo mismo, sin llegar a ejecutarlo. La lógica es que después de tantos años, dinero y muertos, los afganos deberían gobernarse solos. La realidad es otra y apunta a una toma violenta de Kabul por parte del Talibán, antes llamado Mujdajeen, financiado por los americanos en la Guerra Fría, y fortalecido por terroristas instalados en las fronteras del país. Hoy este grupo controla medio país, y a pesar de los esfuerzos de negociación del gobierno de Trump, se fortaleció y creó el Emirato Islámico de Afganistán, un estado paralelo financiado por la mafia y el crimen organizado, dedicado a oprimir la población, restringir los derechos a las mujeres, censurar la prensa, e imponer un régimen de represión. La mesa está servida para una larga y violenta batalla.

No en vano se le ha llamado el cementerio de los imperios: los afganos han resistido por siglos la intervención ajena, primero por parte de los ingleses y los rusos en el Siglo XIX, en lo que se llamó el Gran Juego, seguido por la batalla entre Moscú y Washington en la Guerra Fría, y más recientemente como epicentro de la Guerra contra el Terror, bautizada tras los ataques del 11 de septiembre por George W. Bush y continuada por sus sucesores. Los tres grandes imperios batallaron por 200 años y al final salieron con el rabo entre las piernas, agotados por la falta de progreso y el aguante de los afganos. Cada vez ganan más terreno los grupos insurgentes, las mafias que los financian y el extremismo fanático.

Sin un plan B concreto, Biden envía un mensaje al mundo: la política exterior de Estados Unidos pasa a otra fase, en la cual los intereses internos superan al ambicioso deseo de la posguerra de construir democracias en el resto del mundo. Para bien o para mal, las prioridades han cambiado y el lente de la Casa Blanca está enfocado hacia adentro. Mientras tanto, no sorprendería que China y Rusia, y el peligroso Erdogan en Turquía desde la tribuna, planeen sus siguientes pasos para quitarle terreno a Occidente y empezar un nuevo romance inútil con Afganistán.

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