Ricos al cielo

Agosto 18, 2021 - 11:50 p. m. 2021-08-18 Por: Medardo Arias Satizábal

Es quizás la cercanía del desbarajuste universal -los Mayas pronosticaron que el mundo acabaría el 22 de diciembre del 2012, pero la fecha continúa ampliándose- los tsunamis, el recalentamiento global o el exceso de dinero en pocas manos, lo que está provocando un cambio de conducta en los ricos del mundo.

La antipatía hacia los ricos es anterior a la escritura de la Biblia, y es por ello que ya en el Antiguo Testamento aparecen leyes claras de comportamiento delante de los más pobres. Dios dice: “No explotarás a tu prójimo, le pagarás lo justo, no cobrarás intereses…”, y así, con una condena abierta a la usura, norma que se hizo más clara cuando el libro sagrado dejó saber que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el ingreso de un rico en el reino de los cielos.

Con el tiempo, la usura fue legalizada y está representada hoy por los bancos del mundo, con apoyo de las leyes de cada país.

Lo que se ve hoy en estos primeros 21 años del siglo ídem, es un cambio de tercio en las relaciones de ricos y pobres; las tendencias son ínfimas, pero ejemplares, y ojalá tiendan a convertirse en numerosas, pues una epidemia de generosidad no le vendría mal al mundo, después de esta pandemia.

Ya las patas del camello están al otro lado de la aguja, pero hay que empujarlo, para que pase completo. Miremos: Richard Branson, presidente de Virgin, quien anda ahora dándose vacaciones espaciales sin bronceador -es la mayor compañía inglesa en el control de trenes y aerolíneas-, decidió donar las ganancias de su empresa, tres mil millones de dólares, a la lucha contra el calentamiento global. La inversión culmina por estos días pero no se ven resultados palpables en esta materia, aparte de los estudiantes de Málaga que convertirán plástico en energía limpia, por gasificación. Branson es invitado de honor en la cena que realiza anualmente la Casa Blanca, una especie de Minuto de Dios estadounidense, donde los invitados dejan mínimo 1 millón de dólares para combatir la pobreza en el mundo.

La presencia de Bill Gates en las comunidades pobres del mundo es cotidiana. Un día anuncia un programa especial de Windows en Quechua, y otro, regala escuelas en barriadas míseras. Planteles completos, con alimentación y sala de ordenadores.

Madona sostiene un hogar de 4.000 niños en Malawi, labor parecida a la que adelanta Shakira en Latinoamérica a través de su fundación “Pies descalzos”, y Jerry Mina dona un polideportivo en su tierra para animar a los chicos a seguir por sendas de gloria.

Hace diez años el gobierno colombiano reconoció que 6.6 millones de compatriotas se aproximaban a niveles de indigencia y hoy esa estadística, no obstante la pandemia, ha sido superada. Pero, la cifra mundial causa escalofrío: cada tres segundos muere de hambre un niño en el mundo.

El inicio del siglo fue tomado por los gobiernos como una bandera de lucha contra la pobreza, y así quedó en un manifiesto de la ONU. La promesa, sin embargo, está lejos de cumplirse. Las sequías, la ausencia de tecnología -en muchos lugares de África es más fácil conseguir una botella de gaseosa que un poco de agua- la pandemia y la ausencia total de oportunidades, hacen que el desequilibrio entre ricos y pobres continúe obsceno.

Pero en muchas partes del mundo la brecha se abrevia. Hay que saber cuánto frío sienten los pobres en Nueva York o en cualquier lugar del mundo cuando llega el invierno, para entender cuánto agradecen las barriadas el petróleo subsidiado que les permite calentarse a bajo precio.

El mundo occidental, -no todas las naciones- otro día prevenido contra el salafismo, muestra hoy generosidad y apertura ante la crisis de Afganistán y abre sus fronteras para amparar a quienes huyen del terror.
El reciente terremoto de Haití permitió la llegada de múltiples misiones solidarias, no solo de América sino de Europa y Asia.
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