Paraíso en llamas

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Paraíso en llamas

Agosto 28, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

No hay nada que asuste más a la ‘civilización’ que perder el sueño de volver al paraíso primigenio, a la desnudez y al verdor de la jungla más grande del universo, la que siempre ha estado ahí, en sus 7 millones de kilómetros cuadrados, a la buena de Dios, compartida entre Colombia, Perú, Brasil, Ecuador, Venezuela, Bolivia, Francia (Guayana Francesa), Guyana y Surinam.

En la parte central y septentrional de América del Sur, esta extensa selva hoy en llamas, hizo que el mundo mirara a su contorno -no a su corazón- por estos días de fiebre.

Alguna vez un guía turístico en la casa del poeta Gabriele D’Annunzio, en Gardone Riviera, me preguntó si conocía Leticia. No podía creer que jamás hubiera estado ahí. “Para mí ese lugar es más importante que Nueva York, Milán o París”, dijo.

Algo me había referido mi hija Mariana, quien estuvo ahí y llegó fascinada de por vida con ese mundo tan ajeno y tan cercano. Cargó a una nutria bebé, probó hormigas y se deleitó con una pizza que incluye en su menú la especial con gusano mojojoy. Ella también ayudó a los Tikunas a instalar unos ordenadores que les había regalado el gobierno -no sabían qué hacer con ellos- y corrían el riesgo de perecer bajo el verdín y la humedad.

Hay quienes quieren tener más vacas para llenar de carne los frigoríficos del mundo; a otros les interesa el agua, la misma que escasea en buena parte del globo. Ni hablar de las compañías farmacéuticas que tienen ahí toda la clorofila necesaria para producir sus placebos. Otros quieren sembrar coca, pues no les bastan las 200 mil hectáreas del territorio colombiano. A las zonas devastadas, tierra quemada, llegarán seguramente los oferentes, todos con negocios espurios, y esto es lo que le da piedra a las comunidades indígenas.

Nadie habla de instalar ahí energías limpias, darle más educación, alimento, salud y vivienda digna a quienes comparten desde nueve países ese enorme territorio. Los pobres de la tierra necesitan hoy más naranjas, lechugas, mangos, arroz, fríjol. Ni hablar de la enorme variedad de peces que produce el río.

A Humboldt no le alcanzó la vida para entender el Amazonas; miles de plantas, aves, anfibios, millones de insectos sin clasificar, continúan ahí, besados por los siglos, como en la siesta del cocodrilo y la anaconda, intocados por la barbarie civilizada, afortunadamente. El guacamayo y el tucán, el caimán, el puma y el tapir, huyen despavoridos por estos días de la que ha sido su verde casa. Los europeos que construyen sus viviendas con itahuba, caricari, tajibo, cedro, ruta barcina y madrilo, no saben que con esa actitud han devastado más del 50% de las maderas exóticas conocidas.

Según imágenes satelitales, la deforestación en el estado brasileño de Matto Grosso, alcanza hoy niveles de asombro. De 1970 a hoy, o sea en casi 50 años, la superficie de la selva amazónica se ha reducido en un 20%, según informa el Cifor (Center for International Forestry Research), y la razón de ello tiene que ver mayoritariamente con el incremento de la venta de carne de res brasileña. Al respecto, Jeremy Rifkin, presidente de la Fundación Tendencias Económicas, dice: “Estamos destruyendo el Amazonas para alimentar vacas…”

El mundo vuelve a mirar a Iquitos, Manaos, Belen del Pará, Leticia, y a esa gran masa poblacional, variopinta en su etnia. Alguna vez el poeta Thiago de Mello, de visita en Cali, me explicó qué es ser mestizo en el Amazonas, mientras ponía un diente de ajo en el arroz que preparé para él. “Soy un caboclo del Amazonas”, me dijo, y en esa expresión entendí que venía de varios ríos raciales. De ahí su poema ‘Los estatutos del hombre’, en traducción de Pablo Neruda:

“Queda decretado que el dinero no podrá nunca más comprar el sol de las mañanas venideras. Expulsado del gran baúl del miedo, el dinero se transformará en una espada fraternal, para defender el derecho de cantar y la fiesta del día que llegó”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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