La silla

La silla

Junio 26, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

Hay sillas famosas, quién lo niega, como la que aparece en un cuartito de Arlés en medio de un espejo, un cepillo, una ventana que parece extrañar el crepúsculo y una modestísima cama.

Aquella es quizá una de las sillas más famosas del mundo, no por cojitranca ni porque exhiba en su naturaleza coágulos de noche, restos de trigo vesperal, sino porque perteneció a uno de los pintores más desdichados, Vincent Van Gogh. La silla habla de su espartana pobreza.

El pintor más notable de Colombia, Fernando Botero, salió una mañana al aire de Manhattan cuando empezaba a pergeñar ahí su obra grandiosa. En esa ciudad donde es posible encontrar en abandono un piano, un saxo en su estuche, una tina, un televisor de antes de la peste, halló una silla hermosa, básica en estructura, con las vetas lisas que encierran el silencio del tiempo. La tomó, la llevó a su estudio hasta dejarla policroma. En ella quedaron trazos de la pintura que alimentó el cuadro de un hombre que baila tango en la noche de Lovaina, entre cortinas de percal y cigarrillos apagados en el piso.

Otras sillas no son tan simpáticas; la eléctrica, por ejemplo, inventada por un empleado de Thomas Alva Edison. Él que había creado la bombilla que hoy ilumina la noche del mundo, dio sin proponérselo las pautas a Harold Brown para crear esa silla mortal. El 6 de agosto de 1890, en la prisión de Auburn, Nueva York, William Francis Kemmler, un vendedor ambulante acusado de asesinato, fue sentado ahí por primera vez en la historia. Nueva York daba así una vuelta de tuerca en materia de ejecuciones, al dejar atrás la antediluviana horca y adoptar una pena ‘más humana, acorde con los tiempos modernos…’.

Otra silla que es importante reseñar, qué duda cabe, es la gestatoria, provista de dos travesaños para ser llevada en hombros. La versión occidental del palanquín chino. La gestatoria se usaba para llevar al Papa entre la multitud. Fue reemplazada por el Papamóvil.

Pero, toda esta historia de las sillas la evoco al recordar mis días de reportero en El País. El diario tenía el empeño de abrir mercado en el Viejo Caldas. Así, cada lunes tomaba la avionetica de Aces en el aeropuerto de Cali, y retornaba los viernes. Aterrizaba en La Nubia, y de ahí me desperdigaba por pueblos y aldeas. Entrevistaba alcaldes, comerciantes, poetas, sacerdotes, escribía crónicas a los balcones de Calarcá, a las salchichas de Génova, a la marmita de fríjoles en Dosquebradas; en la Feria de Manizales, Luz Marina Zuluaga nos servía el tinto en la oficina de Fomento y Turismo.

Ya las azafatas me saludaban con familiaridad y hasta me permitía echarles una mano para abrir o cerrar la portezuela de la avioneta.

Un personaje de Pereira me propuso una crónica campeona: entrevistar al Berraco de Guacas, el cual vivía en una de esas lomas, ya anciano; se había permitido desafiar al Putas de Aguadas. Desoí la recomendación pues me pareció un exceso de realismo mágico.

Mejor, llamé al rector de la Universidad de Caldas y le solicité una cita. Al llegar al claustro una secretaria me indicó un lugar en la rectoría. Esperé diez minutos y tomé asiento, aunque noté un lazo rojo entre el escritorio y la silla, la misma que empezó a traquear bajo mi humanidad. El rector llegó y empezamos la entrevista, pero observé su preocupación permanente mientras hablaba. Al fin me presentó excusas para decir: “Qué pena Medardo pero mi secretaria no le informó. En esa silla donde usted está sentado, José Eustasio Rivera escribió La Vorágine…”.

Era ya histórica, no apta para el uso humano. Me levanté como una exhalación, como si me aspirara un remolino y sentí que una bandada de pájaros cruzó ruidosamente la rectoría, al tiempo que repetí para mis adentros: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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