La poesía del fútbol

La poesía del fútbol

Junio 27, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Carlos Drummond de Andrade, el poeta de Itabira, dijo de él: “Si hay un dios que ampara el fútbol, ese dios es, sobre todo, irónico y farsante, y Garrincha es su enviado propicio, el encargado de acabar con todo y con todos en los estadios…”.

Los homenajes al fútbol desde la literatura son múltiples; escritores como Juan Villoro, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Sacheri, hicieron cantos a este deporte del que no obstante Borges conceptuó: “El fútbol es popular, porque la estupidez es popular…”.

Sin embargo, no es posible olvidar la ‘Oda a Platko’, de Rafael Alberti, dedicada al portero húngaro: “¡Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte…”.

En su celebrado texto ‘Lo que le debo al fútbol’, Albert Camus dijo: “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde esperas que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.

Conservo un trozo de la revista ‘O Globo’ de 1962, donde aparece Garrincha con el balón amarrado a los guayos, y la mirada imprecisa de quien está a punto de abrirse paso hasta el gol, frente a un bosque de rivales que lo observan entre la expectación y el desconcierto.

Fue en ese Mundial, después de una dolorosa lesión que obligó al retiro de Pelé, cuando el mundo quedó extasiado con este jugador que driblaba a placer, llegaba hasta el arco y se devolvía risueño, como acusándose de encontrar todo tan fácil a su paso, con la urgencia de hacer del gol un elogio a la dificultad. Los comentaristas deportivos no sabían qué decir, y los espectadores se llevaban las manos a la cabeza, pues si el fútbol era juego, este diablillo venido de los barrios más pobres del Brasil les confirmaba que el delirio existe y es preciso entregarse a él en una suerte de danza erótica, poesía pura.

Si Manoel Francisco Dos Santos hubiera logrado driblar al alcoholismo que lo llevó a la tumba en 1983, tendría hoy 85 años. Había nacido el 28 de octubre de 1933 en Pau Grande, distrito de Magé, con una desviación congénita en sus pies; el izquierdo apuntaba hacia la derecha, y el derecho, a la izquierda; a ello, se agregaba el hecho de que su pierna derecha era seis centímetros más corta que la izquierda. Con todo, a los 14 años ya era una figura en los potreros de Pau Grande, como si llevara todo el hambre de las favelas en su distrofia física.

Podríamos decir que el ‘Mané’, como lo llamaban cariñosamente, nació grande y a la selección de su país no le costó demasiado trabajo llevarlo a un primer mundial en 1958. Ahí, en Suecia, no sólo deslumbró, sino que también dejó un hijo, el mismo que vino a Brasil para reconocer la huella dejada por su padre. ‘Garrincha’ es un pajarillo muy común en la serranía de Petrópolis, en Brasil; es ligero, listo, difícil de atrapar. Por esto, a Manoel Dos Santos le vino perfecto ese nombre que todavía hace temblar los estadios. Aunque en su biografía se repite a menudo la afición a una vida de “muito sexo e bebedeiras” -Garrincha dejó hijos en varias mujeres-, 60 partidos memorables con la Selección Brasil, entre 1955 y 1966, además de 232 goles con Botafogo, jugadas de antología en el Corinthians, el Flamengo, el Junior de Barranquilla, y el concepto de conocedores que no dudan en compararlo con Pelé, permiten que su memoria esté viva por estos días de fútbol.

Al inicio de los 80, entrevisté en Cali al cantante brasileño Miltinho, quien entonces tenía un pequeño bar en Río de Janeiro, frecuentado por el Mané. “Cada año veo a Garrincha detrás de las comparsas del Carnaval; parece que fuera dormido…”, me dijo. En el día final, lo encontraron así, con una expresión entre risueña y distante, bajo el rocío de la madrugada.

Jugaba para divertirse; vivió como un poeta.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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