La hija de Gabo

Enero 19, 2022 - 11:50 p. m. 2022-01-19 Por: Medardo Arias Satizábal

Hace más de cinco años, el 23 de noviembre de 2016, en una columna que titulé ‘Tres instantes’, escribí por primera vez acerca de un suceso que, al parecer, pasó desapercibido, cuál fue la existencia de una hija secreta del Nobel de Literatura. La noticia acaba de saltar a los titulares de la prensa hispana, como primicia. La relató bellamente, en una crónica, el periodista y escritor Gustavo Tatis Guerra en el diario Universal de Cartagena.

Quien me dio esta primicia, noticia bien conocida por el círculo cercano al escritor, fue Felipe Domínguez Zamorano, quien editó en los años 90 varios títulos con el sello Xajamaia. Felipe publicó mi primera novela, y editó ‘La casa en el aire’ de Escalona, un libro de Elmo Valencia y la poesía de Zahanguir Mazhary, entre otros. Quizá no se han hecho libros más bellos que estos en Colombia, con una estética parecida a los de Siruela.

El punto es que Felipe invita a Escalona a México en 1989, se alojan en el Hotel María Isabel Sheraton, cerca a donde vivía el poeta Octavio Paz, a quien Domínguez visitaba cuando estaba en el DF. Fueron atendidos en esa ocasión por María Luisa Elío, esposa de Jomi García Ascot, a quienes Gabo dedicó la primera edición de ‘Cien años de soledad’.

Reproduzco aquí la mención que hice de la hija secreta de Gabo -Indira Cato es su nombre- y las circunstancias en que Felipe y Escalona llegan a develar este secreto, guardado mucho tiempo, quizá para no rozar la sensibilidad de Mercedes Barcha.

Gabo llegó puntual al hotel, pero el vehículo no se enfiló hacia la Calle Fuego donde estaba su hogar original, sino que devino hacia la casa de Susana Cato, entonces joven estudiante de literatura y cine. Felipe nunca se ha tomado un trago en la vida y participa siempre con brillantes diálogos; para el caso, Gabo y Escalona bebían como marineros en casa de la entonces pequeña Indira:

“Salir a caminar con Felipe tiene sorpresas; remontamos una calle hacia Miraflores hasta llegar a la colina rematada por una casa en forma de buque. Su proa mira hacia la calle quinta y a estribor está la residencia del pintor Édgar Álvarez, a quien Felipe no duda en describir como uno de los pintores de mayor importancia nacional. Tocamos a la puerta y Édgar nos recibe con una botella de vino francés. Acaba de llegar de Cartagena donde pasó varios días con su familia, y la conversación deviene acerca de Cali y los Festivales de Arte, de la Galería La Gaceta II, donde Édgar dictaba cursos de pintura ‘para señoras burguesas’ y su compadrazgo con Fernell Franco. Nos trae el libro que acaba de editar la Fundación Cartier de París, y vemos ahí toda una poética de luces y sombras, los barrios de Cali, la escuela pictórica de Éver Astudillo y Óscar Muñoz, la sombra de un ciclista proyectada sobre el adobe de San Antonio, bajo una ventana arrodillada. Édgar nos habla desde las sombras, pero con la alegría de siempre. Ha perdido la visión y reconoce cada rincón de su casa; sabe, por el lenguaje de sus dedos, la textura que corresponde a una serigrafía, una xilografía, un intaglio. Uno de sus cuadros está en el Club Colombia junto a una obra de Grau que representa el juego de cartas.

La noche culmina en la Librería Nacional del Oeste, donde Gabo se hace más humano. Le pregunto a Felipe qué fue de las memorias de Escalona, a quien en una ocasión debí dejar bebiendo solo en su casa de Bogotá.
Una vez abría una botella de scotch, no paraba. Felipe me dice que quizá uno de los pocos amigos que se le ‘emparejaba’ bebiendo, era García Márquez. Domínguez había invitado a Escalona a México, y en una tarde de noviembre esperaban a Gabo en el lobby del Hotel. Desde ese momento y por cinco días, se abrió un diálogo regado con escocés. Gabo los invitó a su casa. Se trataba de la residencia donde el escritor tenía su segunda mujer, una joven estudiante de literatura que le había parido ya una bellísima hija. Me entero de que se trata de un secreto a voces, conocido por la familia del Nobel, y me digo que este día no puede ser echado en ‘el buzón del viento’”.
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