Granada, años mozos

Granada, años mozos

Septiembre 22, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Que la literatura y la historia de los pueblos está hecha de memorias que parecen íntimas, privadas, es algo que conocemos y compartimos, porque, a la manera de Marcel Proust, quien gastó toda su vida en lo que bien llamó la búsqueda del tiempo perdido, el ejercicio de recordar, recrear, pintar con los sueños, nos permite dar forma a ese espectro que al inicio y en últimas, llamamos cultura.Oscar Hernán Correa Victoria, de esa tribu grande, gozosa y charladora de los Victorias de Tuluá, vive hoy uno de los mejores momentos que pueda disfrutar escritor alguno. Sus dos últimos libros rescatan la memoria de barrios como El Peñón y Granada, a través de historias que enlazan las vidas de personajes reales.Cuando leí ‘La concha dorada’, hace ya un poco más de 1 año, advertí que se trataba no de un escritor aficionado, sino de alguien que ha esperado buena parte de la vida, para darnos a conocer, decantada, la lenta criba de una escritura de la que empezamos a esperar otras sorpresas.Tiene en su haber varias obras inéditas, las mismas que empezaremos a conocer después de hoy, porque nunca tuvo prisa. Sólo ahora nos regala estas creaciones en las que ha estado solo, navegando quizá en las noches, mientras toma del cielo de los recuerdos, calles, casas, juegos, salas de baile, compinches, de lo que fuera un viejo barrio, como en su reciente novela ‘Granada años mozos’.Conoció bien esas estancias porque habitó en ellas cuando llegó el jipismo a Cali y la Avenida Sexta, como los barrios de California, se llenó de colores, trenzas, artesanos del cuero, flautas y mochilas.Su más reciente obra nos llama a reconocer un mundo que ya no existe, que desapareció en el ventarrón del tiempo. La radiola con su tapa de madera, la bailarina de porcelana sobre la carpeta bordada, los coches Buick y Pontiac que pasaban veloces, mientras los chicos jugaban a ser John Wayne. Las casas-castillos, con aposentos en penumbras, y su decadencia posterior. Humedad y herrumbre llegaron, donde otro día hubo músicas, sueños, canciones, cantinas de leche recién llegadas de una finca, perfume de mandarinas en los porches, y esa desazón de lo que empezaba a cambiar, a caer a pedazos al otro lado del mundo.Oscar asume su destino de escritor como un entomólogo, para quien es importante no sólo el vuelo y el color, sino también el peso específico, la historia congelada en esas casas que ya no existen. Se da, como Flaubert, a las descripciones exhaustivas de sus amigos; vestido, color de piel, actitud, familia, vicios. Los toma, desde el momento en que aparecen en su vida, hasta que dejan de existir en Cali y aparecen en Milán, como maestros de guitarra, o en Nueva York, como obsesos de un sueño americano. La voz del poeta Jorge Luis Borges lo acompaña durante todas las páginas para corroborar o ironizar, sentir lo que es vivir entre una parra y una aljibe. Alusión decimonónica de la ciudad de Buenos Aires, que se adviene de todos modos a este viejo barrio de Cali.Esta no es desde luego una historia con final feliz. Es una intención cartográfica, viaje a un pasado no tan lejano, de una clase media próspera que de pronto se ve envuelta en las tinieblas, porque desaparece el padre, porque los hijos deciden no ir a la universidad, y prefieren, mejor, ser chamanes, intérpretes de su propia desgracia. Ecos de rock y salsa recorren estas páginas y despiertan al lector con la transcripción de letras conocidas, como la melodía hoy nostálgica que sirve de epígrafe al libro, la composición que Ringo Starr dedicara a George Harrison, ‘Never without you’, nunca sin ti: “Éramos jóvenes, fue divertido, y no perdíamos nada. Días locos y noches temerarias. La vida es extraña; cómo cambia todo, de eso se trata la realidad…”.Sigue en Twitter @cabomarzo

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