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El piano y Bebo

Abril 14, 2021 - 11:50 p. m. 2021-04-14 Por: Medardo Arias Satizábal

Su nombre estaba en medio de otras luminarias de la música cubana; Richard Egües, Chico O’Farril, el Negro Vivar, Peruchín, Tata Güines; el álbum se llamaba ‘Los mejores músicos de Cuba’ y traía en su portada la imagen, al óleo, de una rumbera del Tropicana, y una tumbadora con la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. Conservo este vinilo como una joya.

Debía tener 14 o 15 años y anhelaba, con mis hermanos, la llegada de un tío navegante que traía en el camarote de los barcos música sagrada. Íbamos hasta la Boya Calavera en la lancha de rutina para visitar el barco fondeado antes de su atraque en el muelle del puerto.

La ruta dorada de la música era la del Golfo; los marinos recalaban en Tampico, Veracruz, Galveston, Mobile, Corpus Christi, Jacksonville, Baltimore, Nueva York. Ahí visitaban, en el Harlem hispano, la Casa Amadeo, donde se podía encontrar casi toda la música antillana prensada por los sellos Seeco, Vaya, Ansonia, Alegre, entre otros, y en sus horas libres iban al Bronx Casino, La campana y El Palladium.

Bebo Valdés fue siempre un misterio para mí; no entendía cómo un pianista de su talla había dejado todo en Cuba, donde había sido líder de la banda del Tropicana, para instalarse en Estocolmo, en la fría Suecia, lejos de lo que había sido su vida. Lo entendí luego en la película Calle 54 de Fernando Trueba.

No pensé conocerlo; vivía demasiado lejos. Sin embargo, quiso el destino que lo viera una noche en el atrio de la catedral de Salamanca. Fui a Castilla invitado como profesor de español en el convenio de la Southern Connecticut State University y el Colegio de España; cenaba con los estudiantes, cuando alguien vino a decirme que Bebo Valdés y El Cigala estaban a punto de iniciar concierto, gratuito, en el atrio de la iglesia.
Dejé los chipirones recién servidos y corrí por la Rua Mayor hasta el lugar donde la gente se apretujaba debajo de una noche estrellada.
Llegué acezando y me abrí paso casi hasta el borde de la tarima. El Cigala abrió como los grandes, sin preámbulos, con ‘Lágrimas negras’, la canción que en ese verano corría por todas las marchas de España, de la mano de la bien pagá.

Lo que ahí resultaba barroco y quizá gótico, era la luz indirecta que el ayuntamiento puso en el campanario. Cuando el gitano musitó “En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse…”, aquella luz se posó sobre las campanas, sobre los enormes nidos de las cigüeñas, las mismas que aletearon y sobrevolaron la escena, como parte de un plató inolvidable: el cantor al frente, de blanco; Bebo sonriente, como si levitara sobre el piano.

Parte del conocimiento que el mundo de hoy tuvo de este músico extraordinario, se debe al trabajo fílmico de Trueba, su amigo. Lo hizo clásico en esa escena a dos pianos en la que Bebo y su hijo Chucho nos regalaron ‘La comparsa’. Pero, Trueba fue más allá; lo llevó a Salvador de Bahía e hizo con él la película ‘El milagro de Candeal’, y se inspiró en su música para patentar ‘Chico y Rita’, ese portento sobre La Habana Vieja. El filme estuvo a punto de ganar un Oscar como Mejor Película Extranjera.

Trueba recuerda: “Bebo no tocaba el piano. Lo acariciaba. Te dejaba suspendido entre dos notas; una vez le convencí de hacer un disco de piano solo. Fueron días maravillosos, los dos solos por estudios de ensayo y de grabación en Madrid, sin preocuparnos de nada, solo de la música. Creo que en ese disco están contenidas el alma de Bebo y también el alma de Cuba. Desnudas, sin adornos. Esta grabación fue lo último que oyó Cabrera Infante, ya enfermo, antes de morir en el hospital, en Londres. Y salieron lágrimas de sus ojos. Pensé: ha muerto en Cuba. Se lo conté a Bebo y le dedicamos el disco. Guillermo murió en Londres. Bebo en Estocolmo. ¿Qué gobierno puede ser el que hace que su mejor escritor, que su mejor músico, mueran lejos de su patria?”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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