El esquivo verso

Septiembre 28, 2022 - 11:50 p. m. 2022-09-28 Por: Medardo Arias Satizábal

“Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas/ una noche en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas…”, nos dijo José Asunción Silva desde el Romanticismo, y León De Greiff ripostó en el Relato de Sergio Stepansky: “Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo/ la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto, o por la ducha rígida que le llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra; la cambio por un romance, la cambio por un soneto, por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta…”.

Colombia no ha podido olvidar a Porfirio Barba Jacob, su poeta trashumante, el mismo que fundaba periódicos por toda la geografía de América India. Vamos a pelo en el lomo del Siglo XXI y la Canción de la Vida Profunda parece tatuada en nuestra geografía: “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles/ como las leves briznas al viento y al azar… Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe, la vida es clara, undívaga, y abierta como un mar…”.

Desde Coello, Tolima, el poeta Álvaro Mutis nos dejó para siempre el murmullo botánico de la tierra: “Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales/ sobre las hojas de plátano, sobre las altas ramas de los cámbulos, ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima que crece las acequias y comienza a henchir los ríos que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales…”.

Cuando pensábamos que la poesía colombiana había alcanzado su más alta cima, Jorge Gaitán Durán nos sorprendió de esta manera: “Sé que estoy vivo en este bello día, acostado contigo. Es el verano. Acaloradas frutas en tu mano, vierten su espeso olor al mediodía. Hacia el azul del mar corro desnudo/ vuelvo a ti como al sol y en ti me anudo/ nazco en el esplendor de conocerte. Siento el sudor ligero de la siesta. Bebemos vino rojo. Esta es la fiesta en que más recordamos a la muerte…”. Eduardo Cote Lamus le contestó: “En cada viento llega una palabra, igual que cada sueño tiene un nombre/ y el movimiento de la primavera, con su viaje de vuelta en el otoño, deja atrás un lenguaje que ella olvida…”.
Meira Delmar nos detuvo en el instante: “Ven a mirar conmigo el final de la lluvia. Caen las últimas gotas como diamantes desprendidos de la corona del invierno, y nuevamente queda desnudo el aire”.

Desde el Pacífico, Helcías Martán Góngora reclamó para el amor: “Las algas marineras y los peces, testigos son de que escribí en la arena tu bienamado nombre muchas veces/ testigos las palmeras litorales, porque en sus verdes troncos melodiosos, grabó mi amor tus claras iniciales…”.

Jaime Jaramillo Escobar, X-504 nos regaló su Alheña y Azúmbar: “La digestión de la pulpa del coco demora 40 días y 40 noches. Ni mucho ni poco. Al plátano hartón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco. Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco. La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú”.
Y Harold Alvarado Tenorio sentenció: “Los héroes siempre murieron jóvenes. No te cuentes, entre ellos, y termina tus días haciendo el cínico papel de un hombre sabio”.

Juan Manuel Roca escribió una carta que a todos nos redime: “Escribo esta carta puesta en el buzón del viento, desde una nación donde alguien proscribe el sueño, donde gotea el tiempo como lluvia envilecida y la risa es condenada por traición a los espejos”.

Y Raúl Gómez Jattin nos recordó en este verso las ceremonias de la luz: “Más allá de la muerte y sus desolaciones, que perviven intactas como la vida misma, hay un sol habitado de palomas y árboles que guarda tu futuro en mitad de mi infancia…”.

Al chisgarabís que trata de entrar con ganzúa al panteón de la poesía colombiana -alabanza en boca propia es vituperio-, le pregunto cuál es el verso por el que vamos a recordarlo. Tener más de 80 años no es óbice para olvidar este empeño. Ánimo.

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