Aretha

Aretha

Agosto 29, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Los tiempos han cambiado en Norteamérica. Cuando falleció Duke Ellington, el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, fue a su funeral. El primer mandatario no podía quedarse en casa, sin brindar tributo al creador de esa exquisita melodía que conocemos como ‘Sophisticated lady’. Pero no sólo por eso, sino por lo que representan estos símbolos de la música negra ahí, banda sonora que siempre acompañó las luchas por los derechos civiles, la marcha de Montgomery, las oraciones de plaza pública del reverendo Martin Luther King Jr.

Pienso que algo debía estar pasando en el sur, en Memphis y en Tupelo, en Tennessee y en Mississippi en la primera mitad del siglo XX, cuando nacen ahí Elvis Presley y Aretha Franklin. Ambos ven la luz en medio del color púrpura de los atardeceres. El sur, con sus aceras que recuerdan las viejas refriegas raciales, con sus Plymouth trasatlánticos surcando las calles del eterno verano, con sus banqueros de camisa planchada y sombrero de paja, con la siesta abanicada de los ancianos en los porches, con sus luciérnagas entre el calor de las tardes.

De ese sur castigado por el látigo en la espalda de África, surgió la voz de Aretha, niña, en la iglesia donde su padre era pastor. Empezó cantando oraciones y murió en ellas el pasado 16 de agosto en Detroit, Michigan.
Abandonada por su madre a temprana edad, recibió no obstante el apoyo permanente de su padre Clarence LeVaught Franklin, quien advirtió el tesoro que escondía su voz diamantina, cuando cantó ‘Precious Lord’, uno de sus primeros éxitos en acetato. Según Ray Charles, Clarence fue un pastor muy singular: “Organizaba grandes orgías…”

Los peregrinos que por estos días se hicieron presentes en Detroit, querían presentar sus respetos a quien llenó con su voz y su personalidad buena parte de la historia afroamericana. El soul es a los Estados Unidos, lo que representa el flamenco en España. Ese desgarramiento, entrega, devoción por lo que se canta, oración y estallido al tiempo, tomado por las iglesias protestantes en la forma del góspel, plegarias cantadas que además tienen, en coro, el privilegio del baile en los templos.

Cuando William Faulkner escribió ‘Luz de agosto’, o ‘Absalom, Absalom’, el soul estuvo ahí, fue compañía para los linchamientos en las plazas públicas. El soul se balanceó también en la horca de los hijos de África, y acompañó a las primeras niñas negras que pudieron ingresar a los colegios y universidades. El soul cantó detrás de las carretas que recorrieron los campos de algodón para pedir libertad, dignidad, respeto, y se elevó desde la tierra virgen para cruzar el Atlántico y acompañar en su celda a Nelson Mandela.

Con Aretha, Ella Fizgerald, Sara Vaughan, Billie Holiday, Roberta Flack, entre otras, se crea el romance maravilloso de mujeres negras en la música estadounidense, las también llamadas ‘Silk ladies’.
Nos pareció escuchar la voz de Aretha en la reciente boda de la joven Meghan Markle con el Príncipe Harry. Nadie como ella interpretó ‘Amazing Grace’. En 2009 hizo llorar al mundo cuando cantó en la posesión del presidente Barak Obama; ya Bill Clinton la había invitado para honrar la Convención Nacional Demócrata.

Alguna vez, mientras regresaba desde Toronto en el verano, pude ver el vuelo nítido de un águila hasta el espejo templado de un lago. Se quebró el agua cuando las patas del animal levantaron de ahí un enorme pez que rebrilló en lo alto como una despedida. Ese instante en que el sol también dice adiós. Entramos en Hartford todavía con la luz moribunda y escuché a lo lejos ‘Seven Spanish Angels’ en la voz de Ray Charles. El verano también se despedía y para ello había invitado al cantante a un concierto público en Bushnell Park.

Ahora que Aretha se ha marchado, con ese recuerdo vienen también otras memorias. A veces es preciso entender de cuánta música está llena la soledad.

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