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Diego Mejía Castro

Agosto 24, 2020 - 11:55 p. m. 2020-08-24 Por: Mario Fernando Prado

Esta es de esas notas que a nadie le gustaría escribir porque por más bien escritas que queden, siempre resultarán cortas e insuficientes. Pero he decidido hacerlo por un compromiso con la lealtad y el afecto.

No, no fue mi amigo más cercano. Es más, pasaban los meses sin que oyera de sus labios un querendón “hola líder” cargado de simpatía y antecedido siempre por cosas buenas, alegres y positivas con muchos nuevos proyectos que demostraban su incansable e inagotable carácter emprendedor y su condición de ciudadano del mundo con una visión impresionante del futuro tecnológico que nos espera.

La última vez que nos vimos fue unos días antes de que estallara esta maldita pandemia y fue para hablar de los vehículos eléctricos, tema que le apasionaba y que transmitía de manera entusiasta y contagiosa, convencido como estaba que ese era el futuro inmediato de la movilidad en el mundo.

Y recordamos un viejo slogan que lo comentamos en esa charla mañanera por Oye Cali: así como antes decían que tarde o temprano su próximo radio será un Philips, ahora debemos decir que más temprano que tarde su próximo carro será un eléctrico.

Pero esa pasión por los vehículos que lo llevo a ser pionero del Centro de Desarrollo de la Industria Automotriz Colombiana y hasta de una megafactoria de autopartes y el soñado Autódromo del Occidente, no fueron sus únicas actividades.

La saga iniciada por su padres Ernesto Mejía Amaya y Cecilia Castro de Mejía y a la que le siguieron sus hijos especialmente María Fernanda y el exministro Luis Ernesto, abarcó actividades agroindustriales, inmobiliarias y la Fundación MAC, entidad de apoyo a las nuevas iniciativas con un importante aporte a las comunidades que nos recuerda a la Fundación Carvajal y otras instituciones que hoy son modelo en Latinoamérica, habida cuenta su compromiso social y su permanente afán por la capacitación y la generación de empleo .

He leído y releído todo cuanto se ha escrito y dicho de Diego Mejía y quisiera dar un modesto aporte a esa descripción de ese casi sesentón, deportista, zanahorio, juiciosísimo amante del mar y de la vida, sencillo, discreto y modesto que tenía tiempo para todo y que con su hogar su esposa, y sus hijos nos dio siempre una lección del valor de la familia y de la amistad.

Más allá de los títulos y grados, de los pocos reconocimientos que quiso recibir en razón a su excesiva modestia y de las frases rimbombantes que rodean los decretos, las condecoraciones y las medallas, Diego fue ante todo, y sobretodo y para todo, un hombre bueno en la amplia extensión de la palabra de esos que ya no se dan y que no se darán en mucho tiempo porque seres así de iluminados no nacen ni mueren todos los días.

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Posdata. Cuanta falta le hacen a Colombia personas como Diego Mejía Castro en estos momentos en que es preciso tomar nuevos rumbos en la política nacional con figuras sensibles a la problemática social y ajenos a las corruptelas de lado y lado.

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