Cali linda

Julio 25, 2022 - 11:55 p. m. 2022-07-25 Por: Mario Fernando Prado

Es tan noble Cali que a pesar de tantas vicisitudes y tantos problemas irresolutos, se niega a bajar la cabeza y cual ave fénix renace entre las cenizas. Hace poco más de un año, Cali se volvió un campo de batalla y comidilla de la gran prensa, feliz de poder informar -o desinformar- de nuestro desgraciado acontecer llegando a colocarla en artículo mortis y con algo de razón.

Sin embargo, Cali está logrando superar esos aciagos días y se ha venido recuperando no con la velocidad que quisiéramos, pero el ambiente que hoy se respira es bien distinto al que padecimos y se han ido cambiando las caras largas y el estado de ánimo fatalista por una actitud positiva de sus gentes laboriosas y optimistas que le dicen sí al futuro y han reemplazado las pesadillas horrorosas por los sueños positivos.

Y que quede claro: no es que estemos nadando en ríos de oro y miel y que todo está medianamente perfecto, pero -insisto- estamos respirando otro aire, el aire con la brisa fresca que baja de los Farallones, como dijera el inmortal Bonar.

Me refiero por ejemplo a las zonas verdes, a las orillas del Río, a los separadores viales pese a los discutidos enrejados. Me refiero a la baja contaminación que padecen otras ciudades en las que resulta tóxico respirar y a una que otra obra que favorece el ornato.

Me refiero también a la actividad cultural caleña en donde no hay semana en que no existan distintas actividades lúdicas, de teatro, de poesía, de música, de exposiciones artísticas, de conciertos, de recitales. Es que en Cali se pasa rico, me dijo un turista embelesado con nuestro Zoológico.

Cali, a pesar de tantas y tantas cosas -inseguridad, falta de civismo, caos vehicular- es un gran vividero que transpira alegría por los poros y cuyos habitantes, no obstante, expresan que viven más felices que en otras capitales, porque en Cali bailan hasta los parapléjicos. Aquí se camina, se trota, se monta en cicla, se sube al cerro, se come deli, se baña en Pance, se chupa frío, se canta a todo pulmón y así sea una gran minoría que da ejemplo, se cede el paso, se saluda y se es hospitalario a morir.

Por ejemplo y viendo las cifras del turismo, llama la atención el incremento de visitantes que superan en lo que va corrido del año un 37% las cifras del año de la prepandemia. Los hoteles y hostales registran ocupaciones inesperadas. En los restaurantes, cafeterías y cenaderos hay taquillas alegres y hasta los choclos, los cholados y los puestos de chontaduros no se dan abasto.

Cali recibe miles de millones mensuales provenientes de giros del exterior que se canalizan en compras de viviendas, vehículos y buena vida y en muchos de los centros comerciales, sobre todo en los fines de semanas no cabe un alma.

A su turno, las industrias, el comercio, las empresas de servicios, las universidades acusan buenas perspectivas y ni hablar de la terminal de pasajeros y del aeropuerto, ‘tetiados’ como nunca.

¿Será que estoy viendo visiones, que me la fumé verde, que me terminé de enloquecer o mejor, que se me alborotó el optimismo y mi amor por esta ciudad que en mala hora me vio nacer? Ustedes me dirán. Lamento sí, que pasaron las celebraciones de nuestros 486 años y no se volvió a colocar a Belalcázar en el lugar que le corresponde. ¿Por qué?

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