La revolución enterrada

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La revolución enterrada

Octubre 03, 2019 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

La imagen de Lenin permanece en algunas estaciones del metro de San Petersburgo y Moscú. Su mausoleo, un espacio solitario que ya no despierta curiosidad alguna, desierto incluso durante las dos horas matutinas que está abierto al público. Por ahí, en algún parque continúa el busto de Marx, con postura de pensador alemán. La presencia del pasado se la roba el gran poeta Alexander Pushkin, cuyos versos pasan de generación en generación; el poeta del idioma y el alma rusa que inspira reverencia y honores. Por ahí, en la memoria se cuela Tolstoi y algo de Dostoievsky, de resto todo es presente y modernidad con la historia de los zares y en especial los Románov preservada en grandiosos museos, palacios relumbrantes de oro y ámbar con pisos y techos labrados en maderas preciosas que dan cuenta de una descomunal riqueza.

La nueva Rusia se ha propuesto recuperar esa historia, sin escatimar recursos con ambiciosas restauraciones con las que buscan retomar una secuencia histórica donde la llamada Era Soviética ha perdido su lugar. Setenta años de una realidad política radical con transformaciones profundas -para bien o para mal-, ha quedado, por contraste, reducida a un pequeño museo en San Petersburgo, el epicentro por el asalto al Palacio de invierno del Zar Nicolás II en octubre de 1917, que recoge manuscritos fotografías, grabaciones y testimonios, por lo demás de gran interés y valor simbólico.

La Revolución de Octubre con el ideal socialista que se enclavó como propósito de millones en el mundo, quienes terminaron incluso sacrificando sus vidas en estériles luchas revolucionarias armadas, aparece como un paréntesis en la vida rusa. Después de un poco más de 20 años, tras el fin de la Unión Soviética en 1989, de capitalismo y de capitalismo salvaje con privatizaciones afanosas y desbocadas gracias a la piñata billonaria de los bienes del Estado protagonizada por Boris Yeltsin y que enriqueció a la élite corrupta de los oligarcas rusos que se han quedado con unos cuantos palacetes de la época de los zares, las generaciones post era soviética no quieren saber nada del pasado y de sus dirigentes comunistas a quienes no les profesan respeto ni reconocimiento alguno. Los logros del laboratorio del marxismo-leninismo que enterró la época de los zares sostenida sobre millones de siervos esclavizados están borrados del inventario de la memoria colectiva, incorporados ya como punto de partida de la nueva realidad rusa.

Ni siquiera hay un reconocimiento de Mijaíl Gorbachov quien agoniza solitario en un hospital de Moscú. El desprecio frente a la nomenklatura del Partido Comunista y su rosario de secretarios generales, eternizados en el poder con Jrushchov y Brézhnev y el despreciable Stalin a la cabeza forman parte de la pesadilla del pasado. Un momento oscuro superado como sabe hacerlo el resiliente pueblo soviético que perdió 50 millones de personas en la Segunda Guerra Mundial y otras 30 millones en las delirantes purgas stalinistas. La Revolución de Octubre está enterrada y lo suyo ahora es la modernidad con su dinámica individualista y de emprendimiento, de búsqueda de bienestar al mejor estilo occidental pero con profundas raíces culturales propias que han convertido a Rusia en gran potencia, líder de unos aliados que se harán respetar.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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