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La olla pitadora

Diciembre 05, 2019 - 11:50 p. m. Por: María Elvira Bonilla

El tema recurrente de analistas, columnistas y opinadores, o en las conversaciones cotidianas, es el de las marchas y protestas que comenzaron el 21 de noviembre, se han sostenido durante quince días y si el gobierno no las atiende y sigue autista puede derivar en estallidos sociales complicados. Si algo ha quedado claro es que a la gente se le quitó el miedo y las calles son el nuevo escenario para hacerse oír, felizmente ya sin el ruido de las balas.

Lo que se ha visto es que se levantó la tapa de una olla pitadora con un potaje complicado de larga cocción que se llama malestar social y que trasciende al gobierno de Iván Duque (Samper + Pastrana + 2 gobiernos de Uribe + 2 gobiernos de Santos). Una insatisfacción, que es profunda, generada sin duda por una multiplicidad de factores.

Con la desaparición de las Farc como guerrilla organizada con un accionar violento y atemorizante, cuyo combate significó una inversión grande prolongada en el tiempo de recursos económicos y de energía para el Estado y la sociedad, salieron a flote problemas de fondo recogidos en una agenda plural y diversa que requiere atención si queremos avanzar como país. Los métodos para expresarse y presionar soluciones son nuevos y éstos no se pueden afrontar con los desgastados mecanismos de respuesta convencional desde el poder que suelen apuntar solo apaciguar las aguas. Mala fórmula que termina devolviéndose y con fuerza.

Se trata esta vez, de una protesta de clases medias urbanas, con los jóvenes y sus múltiples expresiones de creatividad, como grandes protagonistas. Pero también está allí el Comité coordinador del paro, conformado por 17 organizaciones que aunque no recogen, para nada, la voz d la totalidad de los marchantes, es tonto por parte del gobierno desconocerlo. Pero el grueso de la protesta es la de una montonera espontánea convocada a través de las potentes redes sociales, motor de las multitudes en estos tiempos.

Multitudes insatisfechas que no encuentran representación en las instituciones que han regido la organización del Estado y que evidentemente están en crisis. Y de allí la pérdida de confianza en la Presidencia, el Congreso, los partidos políticos, los órganos de la Justicia, los sindicatos, los gremios, las Fuerzas Militares, la iglesia, los medios de comunicación, instituciones que han dejado de ser referentes. El actual aparataje formal que ha permanecido, evadiendo los ajustes necesarios, en su zona de confort, ha perdido la capacidad para tramitar los problemas y las demandas urgentes de la gente que como se dice popularmente ‘está mamada’. Un agotamiento que se ha llevado por los cuernos los liderazgos tradicionales, amarrados a las estructuras de poder, que la furiosa dinámica social ha ido silenciado, como bien se ha visto en esta coyuntura. Nadie se arriesga, le apuestan a la prudencia porque además nadie puede intentar apropiarse de esta protesta de multitudes mayoritariamente anónimas.

La última encuesta del CNC advierte que quienes protestan tienen la esperanza de que las marchas terminen en un diálogo que conduzca a unas reformas que aseguren un mejor vivir. De allí que la conversación que ha prometido el Gobierno no puede reducirse a un ritual formal en el Palacio de Nariño como empieza a verse. La gente ha estrenado libertad, derechos, dignidad y paz y no se va a dejar embolatar. El presidente Duque tiene la obligación de ser asertivo y no banalizar esta movilización social, sin duda inédita en Colombia, que exige una respuesta que puede convertirse en su gran oportunidad.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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