El veneno

El veneno

Enero 17, 2019 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

La coca es quizás el factor más degradante y nocivo de la sociedad contemporánea. Un asunto global. El juicio contra el Chapo Guzmán va dejando en evidencia el alcance de sus tentáculos, la fuerza y capacidad de una corrupción que reventó a México: contaminó a la Justicia, al alto gobierno, al poder político y económico, las cúpulas sociales y económicas. Una realidad que vivimos en Colombia en tono mayor con el proceso 8000 en la elección de Ernesto Samper y en la que el llamado cartel de Cali, que dejó su huella imborrable, jugó un rol clave.

En el caso de Colombia, cada día se hace más evidente la conexión de la guerrilla, incluidas todas pero más significativamente las Farc, con el narcotráfico. Los ideales revolucionarios que fueron la justificación de miles de jóvenes, de al menos dos generaciones, para empuñar las armas, en los años 60 y luego en los 80 y 90 quedaron ahogados por los rodos de dinero untados de sangre que moviliza permanentemente esa máquina destructora que desnaturaliza cualquier propósito. Igual ocurrió con los paramilitares que pudieron darle una explicación a sus comportamiento violento en la lucha contrainsurgente pero que rápidamente los llevó a convertirse en un gran cartel montado en un aparato demencial de guerra aceitado por el narcotráfico.

Empieza a saberse que fueron escasos los enfrentamientos directos entre estos dos grupos armados, que en la urgencia de control territorial fueron arrasando con campos y veredas. Fueron los pobladores humildes o acomodados quienes pusieron los muertos, quienes padecieron una guerra ajena. El trazado del conflicto colombiano, de los años 80 en adelante, lo delineó el narcotráfico, la guerra por las rutas de la coca. Rutas terroríficas que coinciden con las masacres a las pequeñas poblaciones rurales, buscando abrirse camino hacia las áreas de salida de las costas Caribe y Pacífica. En ese desaforo que produce la codicia del dinero han caído miles de colombianos y lo más grave, muchos jóvenes que temerariamente se enredan en el negocio en el que aún insisten repetidamente en Tumaco, en Buenaventura, los centros costeros. Es triste reconocerlo, pero es así: el nombre de la guerra de Colombia es uno: narcotráfico. Lo demás son cuentos.

El asunto trasciende el país. La droga es también el motor argumental, la justificación para que el presidente del país más poderoso del mundo, Donald Trump insista tercamente en levantar el muro en la frontera entre México y Estados Unidos. Es la base para prender las alarmar de la seguridad nacional y presentar a los migrantes hondureños y centroamericanos -la mayoría de ellos unos pobres buscadores de futuro con ramilletes de hijos atados a sus espaldas- como unos vulgares delincuentes, traficantes. Igual es el trato que les da, así que sin distingo a la población mexicana, que la señala responsable del suministro de coca que enloquece a sus conciudadanos, los grandes consumidores con la capacidad de mantener el negocio activo y que no se combate con la miope mirada de una intervención policial y de fuerza.

Solo con una intervención global, alejada de la visión de buenos y malos, que articule productores y consumidores, se podrá encarar el problema y encontrarle un antídoto de raíz a este veneno.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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