Tribus, naciones y Estados

Tribus, naciones y Estados

Junio 11, 2019 - 11:35 p.m. Por: Marcos Peckel

El Estado Nación surge cuando las tribus en Europa deciden separarse por muros y conducir de manera soberana sus asuntos. Unos cuatro siglos han pasado y esa identidad tribal, llamada nacionalismo, se ha fortalecido, tanto en lo positivo: forjar una convivencia de valores y principios, como en lo negativo: excluir al que no pertenece.

Los Estados creados en una Europa desangrada por guerras religiosas cumplían en buena medida con el objetivo de abarcar dentro de su territorio un colectivo con una herencia lingüística, étnica e histórica común. Con el paso del tiempo los territorios del viejo continente se siguieron fragmentando, cada tribu obtenía lo suyo, ocurriendo el último gran ‘big bang’ tras la implosión de la Unión Soviética y la desintegración de Yugoslavia que dieron origen a una veintena de nuevos Estados.

El nacionalismo ha sido y sigue siendo la más poderosa de las fuerzas sociales, la que ha moldeado el sistema internacional alrededor del Estado-Nacional, por primera vez formalizado con la Liga de las Naciones tras la primera guerra mundial. Países con altos estándares de vida y prosperidad no han sido inmunes a la erupción del nacionalismo en su interior, como atestiguan los casos de Canadá con los quebequenses, Bélgica y su intrincado conflicto entre valones y flamencos o la ‘Madre Patria’ con sus catalanes y vascos por mencionar solo algunos.

El Estado como modelo de organización política y social se convirtió en una de las principales herramientas de colonización por parte de las potencias europeas que lo impusieron en sus dominios en África, Asia y Oriente Medio. Muchos Estados allí creados fueron Estados sin nación, muros cuyos trazados obedecían a los intereses puros y duros de las colonias sin tomar en cuenta los colectivos que quedaban confinados en su interior. Esos nuevos Estados lejos de eliminar la identidad tribal la exacerbaron, por el hecho que tribus quedaron divididas por fronteras y al interior de ese caja, llamada Estado, quedaron grupos con historial conflictivo.

Así se explica el genocidio en Ruanda de los tutsis a manos de los hutus, el conflicto religioso en Nigeria y un largo etcétera. La fragilidad del modelo del Estado nacional en regiones de Medio Oriente quedó demostrada en las recientes guerras en Siria e Iraq en que las fronteras entre los Estados desaparecieron y los diferentes colectivos: shiitas, sunitas, kurdos, luchaban por su tribu, secta, etnia, confesión religiosa, no por el Estado Nacional. El marxismo y el comunismo que en su momento buscaron suprimir el nacionalismo como ‘sentimiento burgués’, terminaron acogiéndolo y potenciándolo para su propio beneficio.

El nacionalismo es una fuerza fácilmente manipulable por líderes políticos de todos los pelambres y en todas las geografías. La Unión Europea, una confederación de naciones que por décadas ha buscado mitigar el sentimiento nacionalista imprimiéndole uno paneuropeo basado en valores y derechos originados en ese Occidente ‘políticamente correcto’, está siendo sacudida por fuerzas centrífugas impulsadas por el más crudo de los nacionalismos, el que excluye, el que agita los miedos y temores. Brexit es el primer salvo contra la ‘europeización’ de las tribus, al igual que los países del Visegrád que rechazan los dictados de Bruselas y una Italia cuya identidad tribal se levanta contra la llegada de emigrantes. La bandera del nacionalismo ondeada por Trump que lo llevó a la presidencia con la consigna “volver a hacer grande a América”, evoca un pasado sin emigrantes, ni ‘otros’.

El nacionalismo es un sentimiento demasiado poderoso, está para quedarse.

Sigue en Twitter @marcospeckel

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS
Columnistas