Jueves, 21 de noviembre

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Jueves, 21 de noviembre

Noviembre 24, 2019 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

La jornada del veintiuno puede significar muchas cosas. Lo que no parece discutible es que los cientos de miles de manifestantes dieron una lección. Y que los vándalos acataron la orden de Gustavo Petro, su amenaza de usar la protesta para dividir nuestra sociedad.

Los que salieron el pasado jueves eran gentes de todas las condiciones sociales, de todas las edades. Exigieron que los oyeran, que los tuvieran en cuenta. Dijeron que no son esos ciudadanos a los cuales buscan para que voten por alguien y después los desprecian, mientras su país se desvanece en la violencia crónica, en el narcotráfico, en la intolerancia, en la ilegalidad que los ronda, en la corrupción, en la Justicia que no hace justicia.

Ellos fueron la voz contra quienes se apoderan de las instituciones para explotarlas, protegidos por la impunidad. Esa voz silenció el jueves a un sistema político compuesto por empresas que bajo el rótulo de partidos reparten avales para elegir y reelegir la frustración.

Esa voz no estaba haciendo oposición a un gobierno, ni pretendía tumbarlo como los clientelistas de siempre. Ni querían destruir el sistema para implantar el régimen del terror que pretende Petro o la confusión de las miles de agrupaciones de izquierda infantil, o esa derecha que también acosa al gobierno y sólo ve en la fuerza la solución a los problemas.

Esa voz dice que tenemos que cambiar si queremos un mejor país. Que ya es imposible seguir con los vicios de siempre, con las ambiciones de siempre, con la desigualdad de siempre, con la criminalidad de siempre. Y reta a los dirigentes nacionales, públicos y privados, a dejar de lado las ambiciones, los rencores y los vicios que impiden tener un país moderno con un Estado que de verdad refleje la Nación y no ese Estado Social de Derecho que se devoró el clientelismo.

Y después llegó el turno de Petro con los vándalos que fueron expulsados de la marcha, atacando, destruyendo, sembrando el caos. Y Petro mostrando eso como su triunfo mientras aliados suyos guardan silencio. Y la gobernadora del Valle ejerciendo la autoridad mientras el gobierno de la ciudad se debatía en la confusión. El caos, el desorden, el toque de queda.

Y los ciudadanos, presos del miedo colectivo. Así habló alguien: “En mi unidad, los habitantes nos vimos en la obligación de bajar a la portería a hacer guardia y esperar la supuesta llegada de los vándalos. Vivo en un sector de estrato 5. En la portería, hombres y mujeres estaban armados con cuchillos, bates, tubos (…). Los escuché animando a los demás a unirse para matar a los que osaran venir a atacar sus bienes (…).

Y vi los audios y videos que llegaban. Tenían algo en común: en ninguno se veía un solo vándalo de carne y hueso. No había pruebas de que existieran. Sólo rumores e imágenes confusas de supuestas tomas y ataques. Pero nosotros, ya estábamos dispuestos a matar y comer del muerto. Me dio miedo darme cuenta lo fácil que los colombianos podemos matarnos: no es sino inventar un fantasma, hacerlo circular por redes sociales (…) para sacar a flote el veneno.

Al final nunca llegaron los vándalos. Nadie los vio, a nadie robaron. Su fantasma tomó posesión de los caleños de bien y, por un instante, muchos estuvieron dispuestos a iniciar una masacre. Entonces, tuve una revelación: ¿Dónde estaban los vándalos? Estábamos allí, parados en las porterías de las unidades de estratos 4,5 y 6 (…). Nosotros fuimos, por una noche, los vándalos."

¿Será esa, la Colombia de los vándalos, la que quieren Petro y el clientelismo?

Sigue en Twitter @LuguireG

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