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Lo que la vida nos va enseñando

Son los vínculos cercanos, la confianza, el afecto y la conexión humana los que sostienen el bienestar y dan sentido a la existencia, especialmente con el paso del tiempo.

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Daniel López
Daniel López, gerente de sostenibilidad del Banco de Occidente. Foto suministrada por la empresa. | Foto: El país

17 de mar de 2026, 02:24 a. m.

Actualizado el 17 de mar de 2026, 02:24 a. m.

La vida no cambia solo nuestro cuerpo o nuestras responsabilidades. Cambia, sobre todo, aquello que creemos valioso. Hay transiciones que no aparecen visibles en el espejo, pero van ocurriendo por dentro, casi en silencio, mientras acumulamos años, pérdidas, aprendizajes y afectos.

A los 20, muchos creemos que la felicidad está en el dinero. A esa edad el mundo parece abrirse como una promesa, y tener dinero significa libertad, posibilidad, movimiento. Pensamos que, si logramos suficiente, podremos construir una vida plena. Luego llegan los 30, y muchas veces la brújula se mueve. Ya no se trata solo de tener, sino de influir, de decidir, de ocupar un lugar. Entonces creemos que la plenitud está en el poder: en la capacidad de incidir, de liderar, de estar un paso más arriba.

Más adelante, a los 40, en una etapa marcada por balances más complejos, aparece ahora como tentación la visibilidad. Queremos que nos vean, que reconozcan nuestro recorrido, que nuestra voz pese, que el entorno valide lo que hemos construido. Como si el valor de la vida pudiera medirse por el alcance, el prestigio o el reconocimiento externo.

Pero el tiempo, que es el gran revelador, termina haciendo su trabajo. Y cuando la vida avanza lo suficiente, muchas de esas certezas empiezan a perder fuerza. No porque el dinero deje de importar, ni porque el poder o el reconocimiento sean inútiles. Sería ingenuo afirmarlo. Todos cumplen una función en distintos momentos de la vida. Lo que ocurre es que, con los años, entendemos que no alcanzan. Que no resuelven la pregunta esencial. Que no compran amor, ni lealtad, ni compañía verdadera.

Ahí es donde el mensaje de The Good Life, de Robert Waldinger y Marc Schulz, resulta tan poderoso. Basado en el estudio longitudinal de Harvard sobre desarrollo adulto, el libro concluye que una buena vida no depende tanto del éxito visible como de la calidad de nuestras relaciones. Son los vínculos cercanos, la confianza, el afecto y la conexión humana los que sostienen el bienestar y dan sentido a la existencia, especialmente con el paso del tiempo.

Tal vez por eso, cuando imaginamos nuestra vejez, la imagen más valiosa no es la de una cuenta bancaria robusta, una oficina importante o un nombre admirado. Sino de una mesa compartida, la llamada de un hijo, la visita de un amigo, una conversación sincera con cariño. Y esa clase de compañía no aparece de un día para otro. No se improvisa a los 80. Es el resultado de una vida entera.

Porque llegar a una edad avanzada rodeado de quienes uno ama, y ser correspondido en ese afecto, tiene mucho que ver con la clase de persona que se fue siendo durante el camino. Con la bondad que ofreció, con la lealtad en los momentos difíciles. Con la humildad para escuchar, la generosidad para acompañar y la decencia para tratar bien a otros, incluso cuando no había nada que ganar. Entender que el verdadero éxito no está solo en lo que logramos acumular, sino en lo que fuimos capaces de construir hacia adentro. En últimas, con haber sido una buena persona. Y comprender, antes de que sea tarde, que al final no nos salva la imagen que proyectamos, sino el amor que supimos cultivar.

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