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Desprestigio de la democracia

Octubre 15, 2020 - 11:35 p. m. Por: Liliane de Levy

Thomas Friedman, columnista estrella del New York Times tituló su última columna ‘China se porta mejor y nosotros nos enfermamos más’.
Su finalidad fue obviamente criticar la gestión de Donald Trump frente a la pandemia pero deja la sensación que asume que el régimen dictatorial chino resultó mejor preparado y más eficiente que el norteamericano para la tarea, y lo aplaude. Con este mensaje ambiguo en mente se proyecta el mundo en estos momentos de zozobra y permite a los dictadores levantar cabeza y demostrar sus proezas en la tormenta. La crisis sanitaria causada por el nefasto Covid-19, económica y social que derivan de ella cambiaron nuestra manera de pensar sobre los deberes de un gobierno responsable y alteraron nuestras prioridades y valores.

El miedo y la incertidumbre nos invaden y ahora exigen respuestas rápidas para salir adelante. Todo el resto resulta secundario. La llamada ‘dictadura de la urgencia’ se impone. Y los gobernantes no saben qué hacer. Entonces acuden a los expertos que tampoco parecen iluminados con el agravante de nunca estar de acuerdo, sometiéndonos a una cacofonía de instrucciones contradictorias que en vez de calmar, angustian y confunden aún más, creando desespero.

Y mientras los países democráticos exhiben su impotencia ante los desafíos de la pandemia, los dictadores los manejan de manera más eficiente. Tienen y usan los medios para hacerlo, sin ninguna resistencia.
Ponen leyes, quitan otras, restringen, silencian a sus críticos y confinan a su antojo. Y muestran mejores resultados; aparecen como mejores gobernantes, dignos de alabanzas y reconocimientos. Con el Covid-19 los dictadores viven su momento de gloria y hasta sirven de modelo que muchos piden imitar. Lo aprovechan al máximo para extender sus zonas de influencia política sin ser mirados como horribles opresores que son.

Xi Jinping en China es un triple jefe, del gobierno, del partido y del ejército. Al igual que Mao en el pasado pero con un país económicamente ultra poderoso. Y que al parecer entre más rico, más dictatorial; un fenómeno político que sorprende a los analistas. Putin en Rusia es otro dictador que ahora ostenta su poder sin ningún complejo.
La misma India, catalogada como la gran democracia asiática se ha vuelto autoritaria bajo la mano férrea de Narendra Modi, Turquía sometida al implacable mando islamista de Recep Tayyip Erdogan no se queda atrás... y otros.

Entretanto los países democráticos en Europa y Estados Unidos lucen debilitados y nadan en la confusión total por culpa del virus que no logran controlar y de la recesión histórica, el desempleo que bate récords, el déficit financiero o el desastre climático. Así como la polarización política que divide, debilita y se torna violenta. Hasta el momento fracasaron en la tarea. Sus pueblos desesperados, en busca de urgentes soluciones que no perciben, miran de reojo y sin tanta animosidad a los dictadores que de repente les resultan más confiables.
Y dispuestos a renunciar a ideales democráticos difícilmente adquiridos, con tal de salvarse del desastre.

La extraordinaria paradoja en las relaciones internacionales que menciono se reflejó hace un par de días cuando en las Naciones Unidas barajaron los candidatos que cada tres años son electos para pertenecer al Consejo de los Derechos Humanos del organismo. Incluían China (pese a la persecución contra los musulmanes uigures), Rusia (pese al envenenamiento del opositor Alekséi Navalni), Arabia Saudita (que ordenó la descuartizada del periodista Yamal Jashogyi), Uzbekistán, Pakistán. Finalmente quedaron China, Rusia y Cuba entre otros encargados de hacer respetar la Carta Magna de los Derechos Humanos de la ONU para todo el mundo.

Sería un chiste sino fuera tan trágico.

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