Columnistas
Las lecciones de Mario Fernando Prado
Somos una región, no dos ciudades insulares y ese trabajo mancomunado es esencial para que haya seguridad, desarrollo económico y como consecuencia, paz.
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11 de oct de 2026, 12:23 a. m.
Actualizado el 11 de oct de 2026, 12:23 a. m.
Hace mucho tiempo no veía tantas expresiones de reconocimiento por el fallecimiento de alguien, como lo sucedido esta semana con Mario Fernando Prado. No hubo grupo de Whats App al que pertenezco en el que la noticia no mereciera despliegue, recuerdos, réplicas de grabaciones, anécdotas, agradecimientos y más. No repetiré tantas sentidas expresiones sobre la vida y obra de Mario Fernando ni la lógica solidaridad con su familia; prefiero auscultar en las razones de ese reconocimiento colectivo y en su legado:
El civismo: Unas veces con humor, otras con irreverencia, pero siempre con sinceridad y hasta con angustia, tuvo preocupación por la recuperación de nuestra región. No era ajeno a ninguna de las grandes preocupaciones y a llamar por su nombre las soluciones requeridas. Unas veces se ponía el chaleco de periodista, otras el de publicista o el de relacionista público, pero en el fondo era Mario Fernando, el líder cívico.
El Cauca y el Valle: Popayán ocupaba un lugar muy especial en la mente de Mario Fernando. Lo unían sus ancestros maternales y las raíces de María Cecilia Arboleda, su esposa. Con gran criterio tenía claro que el éxito o la desventura de Cali o del Cauca tenían un cordón umbilical que debíamos cuidar. Somos una región, no dos ciudades insulares y ese trabajo mancomunado es esencial para que haya seguridad, desarrollo económico y como consecuencia, paz.
El llamado a la unión: “O nos unimos o nos hundimos” fue uno de sus eslóganes recurrentes, derivado de las luchas individuales y del egoísmo que muchas veces nos corroe. La comparación con otros departamentos es inevitable, tenemos que remar en la misma barca y en igual dirección para lograr las metas como región. Criticar, hablar mal de los nuestros, desconfiar, son verbos perversos para enfrentar la adversidad y conquistar las metas de bienestar general.
El optimismo: Otro de sus mantras fue “Yo hablo bien de Cali, ¿y vos?”. Cuánto sentido tiene este desafío. Las palabras tienen alma, cobran vida y su espíritu es contagioso. Si tenemos fe, destacamos lo positivo de lo que vemos, si transmitimos optimismo en lo que nos proponemos gracias a un entorno esperanzador, con seguridad el camino será más grato y seguramente exitoso. Si tomamos la ruta opuesta, la de hablar mal de todo y de todos, si dejamos que el pesimismo nos acompañe, nadie querrá ser nuestro compañero de viaje ni nuestra meta será interesante de compartir. Hablar con esperanza de Cali, es un propósito necesario.
La solidaridad con muchas causas y personas: Era casi imposible tocar las puertas de MF y que estas no se abrieran. Recuerdo cuando, como secretario de Hacienda de Cali, lo busqué para que diseñáramos juntos una campaña para conseguir donaciones de sillas en el ‘resucitado’ Teatro Isaacs y lo logramos en gran parte por el conocimiento que MF tenía del espíritu caleño. Después en la Gobernación promovimos ExpoPacífico y el catálogo de la oferta exportable del Valle. Era una delicia trabajar con alguien tan generoso y que podía pensar en grande. Esta característica fue disfrutada por muchos que acudieron por sus servicios. Su amplitud estaba disimulada en llamar ‘líder’ a todo el mundo. Para disimular el olvido de los nombres, acuñó ese calificativo y así conversar con toda la escala social que llegaba tras su alma generosa.
Vivir intensamente: ¿cómo una persona podía hacer tanto en las 24 horas del día y en 76 años de edad? Su día empezaba en la madrugada cuando recibíamos sus notas al piano, a las 6:00 a.m. ya estaba frente a su programa de radio y a partir de allí una maratón de actividades en las que sus amigos, su familia y el disfrute intenso también estaban presentes. Vivió intensamente, amó, se carcajeó y sirvió hasta el último momento. Cuánta inspiración nos dejas querido Líder.
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