Columnista
La voz de miel y su tribu
Babu nos enseñó lo mágico que es ser humanos -capaces de cambiar, sentir, amar, perdonar y transformar-.
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7 de abr de 2026, 02:17 a. m.
Actualizado el 7 de abr de 2026, 02:17 a. m.
A mi abuela, Aura Lucía Mera, muchos la conocen por sus innumerables escritos, sus palabras cortopunzantes y asertivas, sus gestiones culturales y sociales, sus testimonios y un sinfín de actos conmemorativos de los cuales en este momento no tengo recuento. Sin embargo, para mí ella es Babu, mi abuela. Consentidora por su amor y su ternura, pero no como uno se imagina a ese tipo de abuela pacífica que cocina divinidades para sus nietos y les teje bufandas de colores.
Babu es nuestra abuela maravilla, aquella que quemaba las crispetas y los pancakes las pocas veces que intentaba cocinar con nosotros, sus nietos, aquella que nos enseñó a hacer chorritos con las manos en la piscina, a apreciar el arte de los hombres vestidos de lentejuelas bailando con un toro, a reír a carcajadas como si a nadie le importara, a gozar de cada minuto como si fuera el último, a hablar con carácter y honestidad en cada momento, a tener la cabeza en alto y defender nuestras pasiones.
Babu nos enseñó la magia de ser nosotros mismos sin filtros ni complejos, nos enseñó la magia de brillar ferozmente con luz propia, la magia de mostrar nuestro orgullo en alto por cada logro que alcanzamos, la magia de vivir con un corazón humilde capaz de dar sin esperar nada a cambio. Babu nos enseñó lo mágico que es ser humanos -capaces de cambiar, sentir, amar, perdonar y transformar-.
Es muy difícil plasmar a tal ser humano solo con palabras; faltarían poemas, ceibas, flamencos, atardeceres, jardines, gatos y libros para poder abarcar todo lo que ha sido esta “mujer volcán”, como la describió Miguel Betin en su artículo en Cambio, y aún así falta. Porque así es mi abuela, infinita.
Para nosotros, sus nietos, nuestra Babu o Lala era, es y siempre será nuestro hogar; nuestra barra más brava. Lala creó un mundo con cada uno de nosotros, un pequeño planeta en común con cada uno de sus nietos.
Con Enrique, quien fue el que la transformó en abuela primeriza, se adentró en su mundo artístico y musical, deleitándose con cada melodía que componía, dedicada profundamente a su proceso de creación, y admirando cada oración en sus letras.
Conmigo, creó un mundo en el cual nos refugiamos en los libros, en las historias compartidas entre cobijas y café; nuestro mundo giraba en torno a la alegría de leer. Me ayudaba con mis tareas de la universidad viendo películas de asesinos en serie y analizando sus diagnósticos psicológicos. Intercambiábamos libros, risas y hasta pijamas. Me contaba de todas sus anécdotas, desde su trabajo con presos que tejían carteras hasta sus conversaciones con Gabo y sus viajes soñados. Qué falta me hará escuchar su voz de miel.
Con Miri encontró el mundo de la dicha pura; compartían su amor por Netflix con crispetas bajo las cobijas, el gozo de los chapuzones en la piscina, las conversaciones largas y las llamadas diarias. El amor entre ellas brotaba y sus risas en sintonía iluminaban cada espacio a su alrededor.
Después vino Mati, la luz de sus ojos, su nieto predilecto, y sí que no le daba pena expresarlo en alto; era hermoso ver su emoción cuando llegaba Matías. Su presencia iluminaba su existencia; ella buscó compartir cada momento posible con él, y entre ellos dos existía un mundo secreto lleno de ternura, recocha y dulzura.
En Nico encontró su fiel compañero en el arte de la tauromaquia; ambos, taurófilos a morir, hablaban en código de cada torero, cada pase, cada faena, y siempre supieron encontrarse en ese mundo compartido que era solo de ellos.
Con Cami encontró la verdadera complicidad, el gozo de la conversación con otra mente brillante y astuta; estoy segura de que entre los dos llegaron a cuestionárselo todo. El amor entre ellos era constante, de esos vínculos incondicionales que unen a dos almas eternamente; qué lindo fue ser testigo de esta conexión.
Después llegó Andre, la chiquita de sus ojos. Creo que todos recordamos el brillo en su rostro cuando la tenía en sus brazos; gozaron de su existencia mutua, siempre encontrándose en su mundo compartido en el agua y la naturaleza. Ellas dos juntas sí que eran la representación viva de la ternura.
Finalmente llegó Santi, el chiquito de los ocho nietos, su compañero de la cotidianidad; se acompañaron en cada etapa, le alcahueteó cada locura, idea y opinión sin filtro. Sentarse a hablar con ellos dos era la receta para orinarse de la risa.
Lala, de parte de todos tus nietos, gracias, gracias, gracias. Te agradecemos infinitamente por haber luchado con resiliencia para salir del hoyo profundo de las adicciones, para poder estar presente en nuestras vidas y aprovechar cada segundo juntos. Gracias por traer a este mundo a tus hijos maravillosos junto a mi abuelo Rodri y darnos el regalo de tener los mejores padres y tíos.
Gracias por ser la mejor abuela del mundo, Babu.
Te amo, te admiro, te extraño. Hoy y hasta el infinito.
Vives para siempre en nuestros corazones.
Abrazo de oso para ti, mi Luna Lunera.
Tu reina Sofía.
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