Orlando Cajamarca

Orlando Cajamarca

Mayo 15, 2019 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Es sabido que los artistas son envidiosos irredentos. A pesar de esta famosa patología, el doctorado honoris causa que acaban de otorgarle la Gobernación y Bellas Artes a Orlando Cajamarca recibió la aprobación unánime de los estamentos culturales y sociales del país.

Los méritos profesionales de Cajamarca son conocidos: es médico de Univalle y ha escrito más de 30 obras para teatro, entre ellas las aclamadas El enmaletado, Alicia dorada en Monterrey, Elegía a Lorca y El solar de los mangos.

Esta última fue la primera obra suya que yo vi. La presentaron en esos aquelarres formidables que otro médico, Adolfo Vera, organizaba en el Hotel Intercontinental. Me impresionaron la riqueza cromática, su complejidad humana, el ‘telón’ de luces y la calidad de la música, ¡ejecutada en vivo por actores del grupo!

Pero mi favorita es Desencuentros, una serie de contrapuntos ingeniosos y humanos a la vez entre Caín y Abel, Simone de Beauvoir y Sor Teresa de Calcuta, Freud y Newton, Marilyn Monroe y el Che Guevara.

Su dramaturgia descansa tres pilares: una puesta en escena muy limpia y estética, un credo constructivista (aprender haciendo) y una ambición filosófica que le permite escribir desde la aldea sobre el pathos colombiano y presentar el resultado en fábulas universales.

Cajamarca ha recibido en las tierras del imperio la beca Dante Fascell y el premio George Woodyard, en Buenos Aires la beca Iberescena y en España el premio Alejandro Casona.

En Colombia tiene la escena copada. Para usar una analogía arriesgada, digamos que Cajamarca es a Mincultura como Patarroyo a Colfuturo.

Sintonizado con ‘el frente onda’ del teatro contemporáneno, ha compartido escena con minotauros de la talla de Mauricio Kartun, Antunes Filho, Eugenio Barba, José Sanchis, Michel Azama, Enrique Buenaventura y Darío Fo.

En 1973 fundó el Teatro Esquina Latina, la única corporación de su tipo en Latinoamérica con una nómina de treinta personas que gozan de formación permanente y prestaciones dignas y legales.

La primera vez que lo vi me asusté mucho. Entró con sus canas blancas y sus yines rojos como estudiante raso a mi taller de escritura, y pensé, ¿qué le puedo enseñar yo a Orlando Cajamarca? Mi aprehensión era infundada. El hombre aprendió algunas cosas y nos enseñó mil. (Me cuentan que ahora toma el taller de poesía de Promédico. Estoy seguro de que repite allá el performance dual que ejecutó en mi taller).

Quizá el trabajo que más le gusta sea ‘Jóvenes, teatro y comunidad’, un programa socio-teatral que lleva 35 años trabajando en los sectores populares de Cali y de algunos municipios del Valle y del norte del cauca. Beneficia a más de quinientos niños, jóvenes y adultos de trece grupos teatrales comunitarios.

Lo he visto feliz dictando cátedra, o tomándola, dirigiendo o actuando, pero creo que nada lo llena más que sembrar semillas de teatro en Pradera, en Aguablanca o en un grupo de viejos de México o Buenos Aires.

No sé si Cajamarca trabaja por móviles políticos, estéticos o catárticos. No estoy muy seguro de que se sienta más cómodo en el gran teatro o en una carpa improvisada en una vereda. Es probable que se sienta actor en todo momento, incluso en la intimidad, y que no distinga la política del teatro, la estética de la ética. Que para él todo haga parte de todo, y que la vida sea un juego dialéctico de ver y actuar, de enseñar y aprender.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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