La muerte del kilogramo

La muerte del kilogramo

Diciembre 19, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Los 60 delegados de las academias de ciencias del mundo reunidos en la XXVI Conferencia General de Pesos y Medidas de Versalles en noviembre aprobaron por unanimidad redefinir el kilogramo. Con toda razón, y larguísimo retraso, los sabios concluyeron que la definición de kilogramo que hemos utilizado durante 129 años era francamente religiosa: “Un kilogramo es la unidad de masa del cilindro de platino  iridiado que se guarda bajo dos campanas de cristal en Sèvres, Francia”.

Nota: kg es un símbolo, no una abreviatura, por lo tanto no admite plural ni punto ni va en mayúscula, como la O de la Otán o la K de los grados kelvin. La RAE acepta que usted escriba ‘quilogramo’, pero su pedantería quedará en evidencia y nadie lo entenderá.

Este patrón es un cilindro de platino e iridio, aleación más resistente que el oro a la oxidación, proceso que disminuiría su peso. La primera campana protege al ‘gran kilo’ de la humedad; y del polvo, que aumentaría su peso. La segunda protege a la primera (hablo en presente porque este patrón regirá los pesos del mundo hasta el 20 de mayo de 2019).

¿Por qué no le limpiaban el polvo todos los días y ya? Porque esta operación alteraría la masa del cilindro en 50 millonésimas de gramo en cada pasón del dulceabrigo y el cilindro habría desaparecido ya 2,4 veces en estos 129 años. ¿Por qué no hay una tercera urna? Porque los franceses no son cabalistas. ¿Cómo pesaron los sabios de Sèvres este patrón en 1889? ¿Cómo supieron que pesaba un kilogramo si el kilogramo patrón no existía? Lo ignoro y quizá sea mejor así.

La decisión de la conferencia de Versalles se inscribe en la corriente moderna que busca definir los pesos y las medidas con patrones universales inalterables, como la velocidad de la luz, cuya magnitud no la altera nada, si ni siquiera la velocidad de la fuente. Así, el metro ya no es una barra de platino sagrado sino la distancia que la luz recorre en 1/299.793 de segundo, llueva, truene o relampaguee. Porque los físicos son gente exacta. Ellos no definen el ‘amarillo estándar’ como el color de la blusa de Maritza, ni el del limón maduro, ni como el oro, ese fuego helado, sino como “el color que se percibe ante la fotorrecepción de una luz cuya longitud de onda dominante mide entre 574 y 582 milmillonésimas partes de metro”.Lo dicho, son tipos serios.

Para la nueva definición del kilogramo los sabios utilizaron dos constantes (vuelve el dos, el único número primo y par): h, la constante de Planck, y el número de Avogadro. La primera mide la relación entre el producto de la energía y la longitud de onda de una radiación, y la velocidad de la luz. El segundo nos dice el número de átomos o de moléculas que hay en un mol de cualquier sustancia… O sea que la novísima definición de kilogramo es un engendro físico-matemático que está más allá de los alcances de un columnista.

¿Para qué tanta precisión en una medida que no afectará el peso de las papas que compramos en la tienda ni reducirá un milímetro el volumen de la masa de la panza del lector? Para garantizar la precisión en las medidas de los medicamentos. Claro, los medicamentos seguirán matando cristianos, pero los médicos ya no podrán imputarles la culpa a los físicos.

Por lo pronto, lo cierto es que ‘el gran kilo’ de Sèvres irá a parar al baúl del éter, el flogisto, la cuadratura del círculo, los móviles de movimiento perpetuo, la generación espontánea, la vacuna de Patarroyo y otras célebres entelequias de la ciencia.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

VER COMENTARIOS
Columnistas