Una horda de iluminados

Una horda de iluminados

Enero 14, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

El nadaísmo no nace, renace. Cada vez que la humanidad pasa por períodos de intensa crisis, una horda de iluminados se encuentra, y apoyándose sólo en el Logos, cuestiona la sociedad donde vive y que no permite vivir. Gonzalo Arango en un momento de inspiración tuvo la vislumbre de esos cenáculos, el último de los cuales se había llamado Nihilismo, que es lo mismo; y apoyado en otros absurdos movimientos de vanguardia, futurismo, dadaísmo, surrealismo, existencialismo, armó su rompecabezas estético y filosófico, y lo puso de presente a una generación que sólo esperaba esa señal para ponerse en el camino. El camino que no conduce a ninguna arte, como definió ‘El Profeta’ su movimiento; pasados sesenta años, sigue tan campante como Johnny Walker.

Sólo éramos unos muchachos perdedores del bachillerato y las esperanzas, billaristas de medianoche, expertos en el terrorismo verbal, que no deja muertos pero sí resucita espíritus. Asumimos la poesía como traje a la vez de fatiga y de coctel, escandalizamos a los que pudimos con nuestra verba sacrílega, arrastramos a la juventud hacia la protesta con actos de pánico, pero huimos de la violencia física, no por cobardía sino por seguir los mandatos del Maestro Cannabinol. Las piezas literarias que propusimos desde hace sesenta años apenas ahora comienzan a reconocerse como el génesis de la moderna literatura en Colombia.

Repito, con otras palabras: el nadaísmo no fue fundado, sino desenfundado. Para combatir el mal de la sociedad nos revestimos de un aire de malosos espirituales. Nos hicimos antisociales mientras llegaba el socialismo. El socialismo no llegó y los antisociales fueron muriendo. Los que restan hasta de vivienda disponen, donde seguir fraguando conspiraciones en contra de sí mismos por haberse comportado como románticos. Fui algo así como el jefe de agitación y propaganda de la corriente, y terminé aquietándome y propagándome.

Nos fuimos integrando a esta sociedad a medida que ella sin darse cuenta se fue volviendo nadaísta, a tal punto que, o ni nos determina o nos considera unos ídolos. La droga es la que gobierna, la sexualidad reprimida se liberó, más jóvenes leen más libros, ya papá no manda en la casa, según los científicos, Jesucristo resultó más feo que el diablo y hasta al diablo lo sacaron del santoral. Desde hace un año venimos recibiendo homenajes por todo el mundo, así no los mereciéramos ni los buscáramos.

Para mí el movimiento representa la máxima expresión de una generación desasosegada que se pasó toda la vida tratando de comprobar que siempre serían jóvenes, geniales y peligrosos. Creábamos movimientos por el hecho de movernos, como bien dijo Manuel V. Bien o mal, he cumplido, fue la última frase escrita de Gonzalo Arango. Creo que cumplimos más bien que mal.

Ha sido considerado el movimiento más controvertido de nuestra literatura porque además de movimiento literario fue una insurgencia social. No sólo se nos consideró poetas y cuentistas y novelistas, sino filósofos, profetas, provocadores, histriones. Aún podemos transformar el nadaísmo en un movimiento político, para terminar de perdernos, o en una sociedad secreta para ocultar lo que hicimos. Hasta a punto estuvimos de alcanzar la Presidencia de la República después de que el nadaísta De la Calle despegue. ¿El poder para qué? ¡El poder para nada!

Para expresar protestas sociales no utilizamos la literatura, que es lo único que respetamos. Lo hemos hecho a madrazo limpio. Para ello tenemos patente de corso. Y gozamos de libertad absoluta. Un día Fernando Quiroz, quien coordinaba la página donde aparecía una de mis columnas en El Tiempo, me llamó para avisarme que Hersán, el legendario director del periódico, le había dicho que me llamara para notificarme que en la última emisión se me habían ido dos madrazos. Que por favor, no más de uno en cada columna.

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