Santa Librada School

Octubre 03, 2022 - 11:50 p. m. 2022-10-03 Por: Jotamario Arbeláez

Escribí esta columna hace 26 años y hoy la replico en homenaje al colegio que se está cayendo a ver si lo paran.

“Siempre es bueno regresar a esos sitios de la tierra donde se cometieron los primeros errores. Pero no para arrepentirse sino para ser condecorado por ellos. El Colegio de Santa Librada de Cali -entre cuyos ladrillos aprendí a echar tanta piedra- me hace llegar una tarjeta firmada por su rector, Roberto Avendaño de Horta, para que asista a la celebración del 173 aniversario de haber sido fundado el claustro por el General Santander. En acto solemne me será entregada –dice la tarjeta– placa y diploma como Ilustre Egresado.

Mando planchar los pantalones de las ocasiones soberbias, y me lanzo en jet con mi hijo Salvador sobre mis flacas rodillas en busca de la nueva presea. Hace 36 años, en la sesión de clausura, dejé a mis padres esperando el diploma que compensaría su cuota de sacrificios. Único bachiller fracasado, y de adehala montado en la tabla porosa del nadaísmo recién desenfundado por el Profeta. Somos tres los primeros Ilustres Egresados, que como tales dignifica el colegio. Nos encontramos en la biblioteca, que antes fuera la capilla donde oficiaba la santa misa el capellán y hoy monseñor Pedro Rubiano, quien recibió la confesión de todos nosotros, los consagrados tirapiedra: de Armando Holguín, el tan amante por la poesía que se las sabe todas; de Navarro Wolf, el recién casado con la democracia y soberano en San Juan de los Pastos; de don Gilberto, de quien nos dejábamos pelar en el ajedrez; de Mario Suárez Melo, hoy rector de Nuestra Señora del Rosario; de tantos otros que ahora trabajan por la imagen de Colombia de una u otra manera.

En el ambiente de la biblioteca, los tres caballeros recibimos una serena serenata a cargo del Coro Polifónico de la Policía dirigido con un bolillo, del trío Luis A. Calvo y de la tuna del Colegio Laureta Bender. Un generoso vino blanco nos rompe el hielo. Y somos convocados a la inmortalidad libraduna: Jaime Galarza Sanclemente, doctor en Derecho del Externado, con una hoja de vida tan notable que no cabe en un resma de papel bond, actual rector de la Universidad del Valle, a la que recuperó para el humanismo.

El único mérito que me asiste, es ser autor del poema Santa Librada College, escrito en 1960 para vilipendiar al colegio por no haberme concedido el grado de bachiller. Debo confesar que con entera razón, pues no presenté exámenes finales. Preferí volarme con Gonzalo Arango, Amilkar U y Elmo Valencia para Manizales a conquistar reclutas para nuestra causa perdida, entre ellos al doctor De la Calle. Fue entonces cuando vaticinó el Profeta que, antes del regreso de Cristo, el presidente de Colombia sería un nadaísta.

Me invitaron al podio para que continuara despotricando, porque para eso es la democracia. Pero, en vez de leer el panfleto contra el claustro, Santa Librada College, lo que hice fue abjurar de mis ofensas ante las mejillas hinchadas de orgullo de mi mamá. Deploré mi ignorancia al titular el poema -como sugerencia del Monje Loco, que se había graduado en USA-, cuando en realidad debería haber sido Santa Librada School, según reza el Cuyas. Conté que estaba tan pleno con las satisfacciones que me continuaba otorgando la poesía, que la noche anterior soñé que la Universidad del Valle me concedía el Doctorado Honoris Causa, pero en artículo mortis (Jaime Galarza estalló en una carcajada nerviosa ante el aplauso de la concurrencia). Y ya que mi amor por el colegio era tan grande como mi arrepentimiento por haberlo vulnerado con mis diatribas, tomaba la determinación -a cambio de haber perdido el año y no haber conquistado el título-, de ganar la eternidad en su seno. Para ello, donaba mi cráneo como pisapapeles para la biblioteca.

Rocío, la secretaria, al verme tan bien parado, me sugirió que más bien legara el esqueleto completo para el laboratorio de biología. Que ella se encargaría de pasarme el plumero para espantarme el polvo”.

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