Retrato del nadaísta cachorro

Abril 18, 2022 - 11:50 p. m. 2022-04-18 Por: Jotamario Arbeláez

Ahora que llego a los 80, en el plénum de mis facultades mentales y en el súmmum de las restantes, me percato de que antes de ser nadaísta fui niño, adolescente y joven. En ese proceso, adelantado en un barrio popular pero pleno de encanto en una ciudad que se levantaba de sus cimientos contra gobiernos de turno, fui madurando para la rebelión, en la cual me empeñé con fogosidad con las piedras de la palabra mientras que en las horas del reposo del guerrero la pasaba de lo más bueno con Marlén mi modelo de Bellas Artes.

Le agobiaba al niño que fui levantarse en una pobreza discreta y en medio de una violencia despiadada que cada noche descabezaba decenas de colombianos. Todas las mañanas cuando madrugaba a lavarse los dientes para evitar que en la escuela le dijeran que tenía aliento de perro muerto, recordaba que el país estaba en estado de sitio sin saber que quería decir eso. Y lo mismo cuando hacía las tareas en el comedor de la casa, aspiraba a aprender a multiplicar los panes y a dividir los peces entre los pobres, mientras a su lado su padre pedaleaba cosiendo los vestidos de paño de su clientela y en la pieza de la mamá estallaba el berrido de otro hermanito. El ir de la casa a la escuela de los 7 a los 12 años, por las mismas calles a encontrarse con los mismos condiscípulos y profesores era al menos aburridor. Pero decía la vox populi que así se aprendía a vivir, y que la vida era la mejor herencia que podían dejar a uno los padres, más la pizca de educación.

El solaz se encontraba acabando zapatos en partidos de fútbol en la calle, matando con caucheras torcazas en el parque San Nicolás, dándose en la jeta con el que le tocó la cara tildándole de marica, yendo en la bicicleta a conseguir novias de senos en botón a barrios lejanos. En la casa le pegaban casi todos los días con una correa por cualquier falta imaginada o real y en la escuela con una regla en la mano por cualquier desliz indisciplinado. Así se fue templando para resistir los embates de la independencia cuando llegara.

Menos mal que se fue de la casa despuntando la veintena al cuarto de una modelo, de la cual vino a enterarse 25 años más tarde, de sus propios labios confesionales, en la terraza del Empire State que sostenía a su bien amado y bien aventurado poeta con el éxito de su pompis. Mientras que él –o sea yo– se empeñaba con una Hermes Baby sobre una caja de madera, mediante la palabra poética e iracunda, en tratar de salvar el mundo del cual apenas conocía cuatro calles. Se sentía un mensajero de las divinidades amparado por la nena de sus desvelos.

Antes de meterse en la poesía la vivió en carne propia sintiéndose un delincuente juvenil, un rebelde sin causa, un llanero solitario, sin caballo por las aceras, un apaleado, un joven iracundo, un iconoclasta, cuyo único acto de violencia consistía en apretarse los barros de la cara sin compasión. A los afanes revolucionarios le metió el hombro al mismo tiempo que al existencialismo devastador y al surrealismo, y a la llamada yerba del desapego con la cual lo que hizo fue ir a parar al budismo zen. Y para acabar de completar, unos maestros perfectos de la cuerda de Jesucristo, a través de unas sospechosas comunicaciones mediúmnicas con la Ouija, terminaron por ofrecerle en canje la eternidad con vista al Señor que ya tenía de un hilo, por el paraíso en la tierra contemplando las huestes angélicas en medio de sus lecturas herméticas, del sexo tántrico y de las bebidas espirituosas.

De eso, nuestro héroe ya ha hablado bastante en crónicas de prensa por 40 años, en sus antimemorias Nada es para siempre y en los 13 tomos de Los días contados, los cuales en su mayoría todavía están inéditos. Pero han querido los editores anticipar cómo fue la niñez caleña de este angelito. Pues bien, la entrego en este libro parodiando los títulos de Joyce y de Dylan Thomas en paralelo trance, Retrato del nadaísta cachorro.

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