Quisicosas de la vida doméstica

Quisicosas de la vida doméstica

Diciembre 17, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Una vez terminado el bachillerato me vine para la capital. Traía en mi maleta la escasa ropa que me había dejado mi padre, algunas recomendaciones, el propósito de auto costearme los estudios universitarios, y un gran anhelo de triunfar en mi profesión. ¿Qué profesión? ¡Cualquiera! No tenía una vocación definida, pero sí la esperanza de lograr una sólida posición económica, con la cual sacar a mi familia de apuros.

El senador me miró con sus ojos de liebre, rojos. Reconoció la firma de quien me recomendaba, su irrestricto de mi provincia, y me consiguió con no pocos rodeos una plaza de patinador en el Parlamento. No era mucho lo que ganaba, pero lo suficiente para pagarme un cuarto en una pensión y comer dos veces al día.

No sé si la dificultad fue económica, pero poco a poco fui perdiendo el deseo de graduarme universitario. Emprendí en cambio varios cursos por correo de electrónica, mecánica, inglés, dibujo comercial, y hasta el curso de Charles Atlas para no posar de alfeñique. Pasados los primeros cinco años -con el cambio de Gobierno había salido Parlamento abajo-, ya me ganaba la vida con bastante desenfado arreglando televisores a domicilio, haciendo traducciones, y publicando caricaturas en algunos periódicos de provincia.

Traje a vivir conmigo a mi madre. Tomé un apartamento en una zona si no residencial por lo menos bien vecindada. Ingresé como oficial ayudante en una empresa de reparación de calderas, donde pronto llegué a supervisor general. Mis hermanas se habían casado, todo me iba saliendo a las mil maravillas.

Mi madre, celosa de mi felicidad, empezó a pensar en el matrimonio, no era bueno que su hijo estuviera solo. Había que conseguirle costilla. Y en una oportunidad en que vino a visitarnos la hija del tío Ricardo, hizo lo debido para que la niña no volviera a salir de casa. Nos casamos en una ceremonia reservada pero bastante alegre, con asistencia de mis más cercanos compañeros de la empresa, de los tíos y de los cuñados.

Nunca pensé llegar a tener una mujer tan celosa de los cuidados de la casa, porque de lo otro no tiene por qué preocuparse. Soy fiel por naturaleza, monógamo redomado, y me es suficiente con lo que de ella recibo. Ella se encarga, no sólo de que todo ruede correctamente sino de la economía de la casa, para no correr ningún riesgo. Mujer prevenida vale por cien.

Bebo poco, y no asisto a reuniones sociales, que me parecen mera perdedera de tiempo. Soy adicto a los crucigramas y en resolverlos aplico los conocimientos que la vida me ha ido dando. De las bellezas y tragedias del mundo me entero por televisión. No soy dado a los viajes y en este tipo de aventuras no he pasado allende de San Andrés.

Tenemos ahora dos hijos, el mayor termina este año bachillerato, la menor es idéntica a mi mamá. Mi esfuerzo ha sido recompensado, pues no creo en la suerte, y actualmente tengo mi propia empresa, en la que he sido buen patrono, y de ella he sacado para adquirir una buena casa, tener los hijos en reputados colegios, y mantenerme en una forma si no burguesa, por lo menos muy digna. No soy un tipo religioso, pero doy gracias a Dios por haberme concedido la buena fortuna.

En estos días me regalaron un libro en boga, que apenas ojeé porque desde siempre detesté la literatura. Qué tal si hubiera seguido el consejo de dedicarme a ella, como me sugería mi condiscípulo del Santa Librada College Jotamario Arbeláez, quien tras trasegar la bohemia por media vida decidió asentarse con su familia, paralela a la mía, en Villa de Leyva.

Acaba de llamarme mi querido compañero a informarme que un terrible ventarrón o vendaval o tornado producto de presunta brujería de algún malqueriente, porque a nadie más en la comarca le pasó nada, se le llevó los techos de la casa y las cajas con sus poemas inéditos. Sospecho que va a terminar pidiéndome un préstamo. Cosa que con toda seguridad no me va a permitir mi señora.

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