'Picuenigua'

'Picuenigua'

Noviembre 05, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

La noche que se escriba el libro de la violencia en Colombia se hablará de Jorge Giraldo mi padrino, un hombre que usaba revólver para no dejarse matar, y sus gritos a voz en puño para dar vivas al gran partido liberal y a Gabriel Turbay. Había crecido a una orilla del río La Vieja donde le nacieron sus primeros dientes de oro, estableciendo conexiones a nivel departamental que le dieron una chamba de detective, en la cual se hizo célebre por no dar el tiro de gracia a los fugitivos. Aprendió a manejar vehículos y antes de dejar atrás a Cartago como chofer y confidente del Secretario de Hacienda Ciro Molina se caló el más alón y dúctil sombrero, con el cual al pasar por la carrera cuarta número veinte sesenta de Cali hechizó a mi tía y se casó con ella aburrido de tener hijos.

Tenía una carabina y un revólver y una peinilla, y una navaja que prestaba varios servicios y una hamaca en la cómoda y una libreta donde anotaba algunos versos y en tinta verde pensamientos de Benjamín Herrera, Carlos H. Pareja o el insurgente Jorge Eliécer. En la vida política de esta tierra ha corrido mucha sangre y mucho sancocho de gallina y políticos ya del siglo de este poema no han terminado de hartarse de la una ni de lo otro.

Volviendo a mi padrino tenía un amigo del alma llamado también Jorge Giraldo, muy parecido a él de la misma ciudad de la misma edad y del mismo color político, a quien me tocó ver cuando la caída de Rojas quebrar de un tiro al 'pájaro' Caracolina, antes del que a él mismo por equivocación la multitud a ladrillo lo lapidara.

Había que verlo en una iglesia casi siempre al lado del muerto, pero en la casa siempre estuvo del lado abierto de la vida. Era el rey de la dicha y si alguna vez fue feliz en patota nuestra familia, fue con él cuando en la camioneta de Cicolac donde trabajaba nos llevó de paseo a los ríos de las afueras, a conocer parajes por donde no pasaba ni siquiera la línea del horizonte.

Los domingos madrugaba de cacería y regresaba a medianoche cargado de guatines o de guaguas o de perdices y armaba qué parrandas en el patio de atrás asando las carnes y contándoles a los vecinos de la vez que casi lo matan los peruanos cuando Leticia, o de la vez que salvó la vida al gordo Benjamín Londoño cuando lo llevaban en un costal a tirar desde el puente del río Cauca, o de la vez que por andar persiguiendo un ladrón no pudo ir a lanzar vivas a los jefes que hablarían esta noche en la Casa Liberal y aquí estoy contando este cuento con el pellejo que perdieron acribillados a mansalva con plomos oficiales seguramente, mis amigotes del Café Colombia.

Me enseñó a disparar al aire y a pescar en los ríos con dinamita y también a pelar un coco con la peinilla y a no perdonar las ofensas del enemigo y mucho menos la traición de quienes amara. Con su barbera y con su brocha dejé la adolescencia frente al espejo y leí de un tirón los 200 ejemplares de ‘Selecciones’ que formaban su biblioteca, pensando cada vez que llegaba al tema ‘Mi Personaje Inolvidable’ que si algún día llegaba a ser escritor con base en ese esquema y en magnífica prosa yo diría que el mío era él.

Amó mucho a mi tía con quien entonaba la canción antioqueña de ‘Las mirlas’ por la mañana, y no tuvieron hijos en cerca de 30 años pero sí le dieron la vida a quienes trataron. La semana pasada me vi con él y su nueva esposa porque Adelfa lo dejó viudo y también se pisó mi abuela, y me dijo que se había puesto triste porque le habían contado que una de las mujeres que él me conoce me había puesto los cuernos y que yo ni siquiera la había ensartado, y que no lo fuera a matar yo a él con el chiste cruel de que estaba desmintiendo la raza y el coraje y ejemplo de mis mayores.

Al mediodía de hoy estuve mirando que pasaban par sombras por encima de la manga de mi camisa, y al mediodía de hoy murió mi padrino.
In memoriam (1979)

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