Otras disquisiciones

Agosto 22, 2022 - 11:50 p. m. 2022-08-22 Por: Jotamario Arbeláez

Mi editor español me acosa para que le vaya enviando los tomos de ‘Los días contados’, antes de que se me vaya la luz. No me puedo quedar dándome aires de triunfador porque ya Univalle me publicó el primer tomo de mi obra completa, con la que apunto a un premio de despedida.
Y como mis columnas de prensa me dan pie para armar con ellas posteriormente textos literarios para mis libros, pues me toca hacerle caso. Por ello continúo con mi cantaleta hagiográfica.

No hay nada mejor para uno que escribir sobre ese otro uno que es uno mismo. Para qué meterse a escribir sobre la vida o el pensamiento de otros donde nadie lo está llamando. Hay que ir dejando salir lo que la lengua te suelta. Una lengua y dos manos al servicio de una sección del cerebro. Al que le llegan los mensajes de la cara oculta del sol.

Recuerdo que me coincidieron mis iniciales sufrires con la ida de mi primera mujer tras las cuerdas de un guitarrista y la caída de los primeros pelos de mi cabeza calcada de la de Elvis. Calvo y cornudo, una imagen que no venía con la vanagloria que empezaba a nimbarme. No es que ella me hiciera falta para vivir así fuera quien pagaba la pieza, sino que la había convertido en el objeto de mi devoción literaria, lo que me procuraría convertirla en un ícono del amor, como Laura o Beatrice, o por lo menos como Manon Lescaut, su libro de cabecera, terminando por convertirme en el Caballero Des Grieux. Derramaba una lágrima por cada pelo caído, así que lloraba a moco tendido.Decidí irme a Bogotá, donde, como nadie me conocía, nadie podía atestiguar de mi decadencia.

En adelante tuve amores con bellas mujeres, así me hicieran parir después de gozar. Como debe ser la secuencia. Qué tal un poeta que se consiga una hembra bella y no sufra por ella, si la poesía se extasía en la desventura. Sería un desperdicio para su inspiración vengativa. Mientras más abatido escribía, mejores me salían los poemas desamorados. No hay peores poetas que los buenos maridos o los bien casados, menos mal no pululan.

También me pide el editor que le aclare de qué autor o autores he recibido la mejor influencia. Evito hablarle de Henry Miller, de Nabokov, de Bukovsky y del Marqués de Sade, y le declaro que de mí mismo. Toda página que escribo es imitación, cuando no plagio, de la página anterior. Todo lo que he escrito en esos 64 largos años es la misma página con distintas palabras. Eso es lo que se llama un estilo. Creo que lo mismo hacían Kafka y Proust. Y no temo equivocarme porque también puede ser creativo el error.

No me cabe en mi nueva casa, que por cierto es extensa, un cuadro más ni un libro más ni una página más. Y sigo escribiendo porque no tienen más que hacer mis yemas, salvo ser salivadas para pasar las páginas de los libros e imprimir los contratos con almohadilla. Evocando lo que he vivido, que no ha sido poco, pero tratando que esos recuerdos tengan la gracia de los grandes memoriosos. Tengo de referentes las Confesiones de San Agustín, las de Rousseau y las Confesiones de una Desvergonzada, de autora anónima. En el bar ya no me caben las botellas vacías ni las llenas en el estómago. Mis dos perros, Monje y Dina, me acompañan en mis caminatas por la campiña y me ladran cuando ven una campesina con caperuza que se nos viene acercando.

Mientras canto victoria por todo lo que me viene sucediendo no dejo de penar al ver cómo mi colegio se viene abajo, mi Santa Librada del alma, erigido en honor a esa santa barbuda que se dejó crucificar de su padre acusada de bruja antes de ser desvirgada por un pagano. Pero sé que se volverá a levantar y seguirá siendo un orgullo de la comarca.

¡Ay, mi Cali bendita! Cuántas ganas me dan de volver cada que vez que veo un papayazo a gozar de tus papayuelas. En un hotel de goma como el Spiwak, visitar la Librería Nacional, comer chontaduros con sal y miel y sentarme en las bancas de los poetas de piedra a probar cómo me veré.

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