Memorias del barrio Obrero

Memorias
del barrio Obrero

Abril 22, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Salimos de San Nicolás hacia el barrio Obrero, donde mi padre invirtió los escasos ahorros que su arte sartorial le había permitido, en una casa con dos patios enmosaicados y un solar que mandó a pavimentar para evitar los mosquitos, pero dejando a salvo el totumo. En patios tan grandes, no dejaba que mamá o las muchachas pusieran materas porque le aflojaban la baldosa. O porque el agua que de ellas resumiría hacia el sifón cuando las regaran fuera dejando mancha. De modo que la naturaleza era escasa en esa casona. Para que no se dañaran las paredes, sólo permitió el ingreso cuidadoso de tres clavos, dos en la sala para la vitela del corazón de Jesús y una barca llena de náyades, y dos en el primer patio para la foto enmarcada de Olaya Herrera con la banda presidencial y otra de Gaitán cavilando.

Andaba por mis 15 con un copete a lo Elvis Presley que había logrado cultivar con Moroline de día y Glostora de noche para mantener el brillo, y con fijador Lechuga para preservar la forma. Mis primeras afeitadas fueron coronadas con Old Spice, esa loción de la barquita que volvía locas a las chicas en los bailes de cuota. Estudiaba en Santa Librada y, cuando no cogía el Gris de San Fernando, antes de que me compraran la bicicleta, echaba pata a través de la zona de tolerancia donde a las 6 de la mañana continuaba la farra en burdeles inextinguibles.

A las 5, cuando salíamos, nos íbamos para el almacén Ley de la carrera 8ª, donde en la fuente de soda del segundo piso hacíamos parte de la temible barra de Tinto Frío. Mientras requebrábamos a las vendedoras de los stands teníamos que espantar a los sodomitas que nos hostigaban. Si no hacíamos levante en el Ley bajábamos dos cuadras al Jotagómez, donde las dependientes eran más asequibles. Bastaba con un helado bien conversado y se le picaba arrastre a la candidata al teatro Colombia, en cuyas butacas de palco, mientras se veían películas mexicanas, se practicaban todas las audacias que la oscuridad permitía.

Parejas para bailar los fines de semana había que írselas a levantar a la salida de La Garantía. Eran obreras especializadas en tirar paso como reinas de la colmena. A ellas se las llevaba a tres sitios principales, bastante cercanos entre sí: la Terraza Belalcázar, el Danubio Azul y el Séptimo Cielo. Si uno tenía billete suficiente o armaba vaca con otros amigos arrancaba para Juanchito, donde la farra por lo general acababa en bronca, por la coquetería de las jaibas. La rumba de La Terraza era la más sana, allí predominaba el fox trot; la del Séptimo la más sensual, pues era oscurito y se prestaba para brillar chapa hasta la salida del sol; la del Danubio la más arrebatada, puesto que era frecuentada por los camajanes más bravos, chivos todos ellos de la zona de tolerancia, expertos en la caída de la hoja y la tijereta, pasos indispensables de la guaracha aprendidos de Clavillazo. A la salida había hospedajes de habitaciones habilitadas con tablas de madera, donde se hacía lo que se podía escuchando, como si se tratara de los hospitales de ultramar, la quejumbre desabrochada de todo el quilombo.

Los días suaves de la semana nos reuníamos los amigos de siempre en el parque de San Nicolás, jugábamos un chico de billar donde Cuco, y arrancábamos en nuestras bicicletas para el barrio Salomia, donde se decía que vivían las niñas más lindas de Cali, y allí nos metíamos en los bazares dispuestos a levantarnos a la reina o a la virreina. Como galanes de película las llevábamos en la barra hasta alguna manga cercana, donde les declarábamos todo el amor que se nos estaba escurriendo del cuerpo. No pocas veces fuimos sorprendidos in fraganti por algún policía. Ante su pertinaz amenaza de llevarnos a la permanencia por no sé cuántos días por irrespeto a la moral pública e inscribir a la niña en el registro de prostitutas, accedíamos a que se retirara muy orondo montado en la bicicleta. Al que me birló la mía, recuerdo, lo mató el tren de medianoche en la 25.

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