Las esposas de la poesía libre

Las esposas de la poesía libre

Septiembre 17, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Una tarde de hace ya 60 años le alargué mis tímidas poesías escritas durante el bachillerato perdido en Santa Librada, al profeta Gonzalo Arango, quien arribaba a Cali a pregonar las crapulosas virtudes de ese círculo vicioso recién trazado con el inspirado nombre de Nadaísmo. Él los leyó de arriba para abajo y de abajo para arriba y, refiriéndose a los poemas amorosos, me dijo que si me los había infundido el amor por la novia, cambiara de novia, como respecto de mis proclamas políticas me puntualizó que, si obedecían a los dictados del partido, “le dices a don Nicolás Buenaventura que te escurres del Comité”. Recordé que ella me decía después de cada caricia en polvo: “Debes haber gozado mucho porque yo nunca había sufrido tanto”, como si yo fuera el aberrante marqués de Sade y ella una estoica marioneta de Sacher Masoch, y que en la célula me adoctrinaban con que, para la revolución, más épica que una poesía era una tachuela.

Les prendí fuego con fósforos de palo a ese ramo de madrigales persecutores del virgo potens de colegialas inverecundas y a ese arsenal de arengas rabiosas contra los gobiernos por haber realizado la reforma agraria al revés. Me empeñé en aplicar la receta de la nadería excluyendo de mis versos lo que iba del coqueteo al toqueteo, como los reclamos sociales en pro de la pavimentación del barrio Jesús Obrero. Con poemas abstractos, pues, nos convertimos por largos años en los enemigos públicos número 1, 2, 3, 4 y así hasta el 13, por nuestras hilachas escandalosas, nuestras manías escabrosas y nuestras greñas grasosas. Así logramos dar forma a nuestra revolución sexual, consagrándonos a facturar el amor loco en lugar de poemas sobre el amor y delegamos la revolución social en los hippies, quienes en realidad sí la hicieron, pues no hay revolución mayor que circular por el mundo sin un centavo. Hicimos uso de nuestra entera liberté que nos convirtió en libertinos de la revolución, como el antedicho marqués y aplicamos esa libertad a ejemplarizar el amor libre y los versos libres, pasando del aire libre a las apestosas inspecciones de Policía. Porque a muchos sorprendieron los agentes patógenos con las manos en la musa.

Rechazamos todas las sujeciones; para empezar la sujeción religiosa, de los párrocos con sus prédicas en sus púlpitos, así nos tocara llevarnos al mismo Dios por delante, y luego la sujeción académica, que nos indicaba que debíamos escribir como Jorge Isaacs la María y como José Asunción el Nocturno, existiendo ya Juliette y Justine y los Caligramas y La unión libre, y luego la sujeción laboral, que nos implicaba comprometer nuestras mínimas fuerzas físicas en ordeñarle producción a una máquina, y luego la sujeción política que nos condenaba a estar pendientes de los chorros de babas de los candidatos presidenciales, y luego la sujeción patriótica que nos ponía en posición firme para saludar el palo de la bandera y desde luego la sujeción familiar que nos conducía sin remedio a la reproducción en cadena del apellido. Libre de todas esas amarras, me empeñé con la poesía. Ella sería mi bandera, mi escudo, mi talismán; ella sería mi amante, mi amiga, mi confidente; ella me llevaría de la mano por los malos caminos y en tablas ebrias de salvación por sobre mares sin fondo.

Nos tocó enfrentarnos al enemigo, y a los enemigos del enemigo, y a los enemigos de los enemigos del enemigo, que se destruyeron entre sí, creyendo que nos combatían, con fuego amigo. Pasaron 60 años y ya nadie nos persigue ni discrimina, dado que cumplimos nuestro objetivo de “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”; antes bien, el único mito de nuevo cuño es el nadaísmo, cosa que nos espanta, pues desde el principio advertimos que seguiríamos en desacuerdo con el mundo cuando el mundo nos concediera la razón. Por eso nos abrieron tribunas, como esta, para que le cantemos al mundo la victoria de su derrota. Victoria que debemos a la libertad esposada a la poesía, y encadenada al amor por la vida y a una que otra muñeca brava, como Alelí.

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