La tercera juventud

La tercera juventud

Enero 21, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cumplí años sobre mis dos pies bien plantados sobre la tierra firme. Me consuela que también los cumplió el planeta y todo lo que contiene. Tienen un año más mi casa, mi ropa, mis libros, mi pasaporte, los hijos de mis besos, el anillo de mi señora. Por donde paso la vista es otoño, sobre todo sobre las hojas del samán del vecino y en las ojeras de la ventera que en la esquina pregona con el dedo sus aguacates. Simón Vélez me cantaba hace poco en una cena vinícola que si hubiera sabido que la vejez era tan agradable se hubiera apresurado a llegar a ella. Aunque Eduardo Escobar insiste en que es una maldición peor que todas las que nos echaron cuando nacimos. Me siento en esa franja que podría denominarse, sin ambages ni eufemismos, la tercera juventud. Aquella en que uno sigue recibiendo con tiento de los dones del cuerpo que no dan tregua. Trituro bien los alimentos con las muelas calzadas, me acuerdo de todas las personas que he conocido e incluso de todos los personajes de las novelas, uno por uno, comenzando por los ciento y pico del doctor Zhivago. Entré en los 74, superando los 73 en que entregó su barba Walt Whitman, el cantor del novio y la novia, y aquí sigo, sentado ante los poemas que no dan tregua, que manan inextinguibles desde la fuente.

Es posible que ya no tenga en cada puerta un amor, pero el paraíso se abre en cada una de las puertas de mi casa. Tras dos están Salomé y Salvador aplicados sobre sus tesis, tras otra mi mujer picándome el ojo, tras otra los licores con mucho hielo, y tras todas los volúmenes que trepan por las paredes. Voy de homenaje en homenaje, como los candidatos a la presidencia del más allá, por el correo electrónico me llueven los parabienes, mi lengua habla por mí en países donde no se habla mi lengua. He pasado miles de horas en la cama más bien despierto que dormido y ninguna en convalecencia. Como nunca me fumé un cigarrillo no he corrido la suerte de tantos amigos que se fueron volviendo humo. Sentado en mi mecedora leyendo a Proust, creo que era sólo lo que me faltaba. Del barrio Obrero a Combray. La culpa la tuvieron los que me metieron en esto.

Me acuerdo de mi adolescencia quejumbrosa, cuando al son de la lluvia nos caían las goteras en la cabeza y no había cómo mandar a taparlas, y escaseaba la papa y el papel toilette, para los bailes de cuota y para las boletas del cine. Pero papá se las ingeniaba y haciendo sacos nos sacaba de los apuros. Y cuando me oía gruñendo por el mal diseño del mundo y por el mal reparto de los bienes terrestres, me decía: “Dejá de ser cagalástimas”. Cagalástimas, qué palabra. El de la perpetua quejumbre, al que nada le salía bien, el bueno para nada, el desafiliado. Con esa palabreja me propuse salir de pobre. Me decidí por la poesía, ya que nada más sabía o poseía. Y ese, que era un oficio de los menos apetecidos, me sirvió para salir de la pobreza del anonimato y coronar una vida punto menos que dadivosa.

Me invitaron a la Casa de la Cultura de Sevilla, Valle, a hacer evocación y desagravio de cuando durante la visita que los nadaístas hicimos hace 48 años predicando nuestro oscuro evangelio, violentos de entre el público trataron de encasquetarme una corona de espinas fabricada con un herrumbroso alambre de púas. Y a contemplar el precioso Museo de Art Deco que le regaló a su ciudad Carlos Alberto González.

Pasé a Cali a visitar mi infancia de pantalón corto. Por las calles el mismo sol calentando rostros alegres. Después de tantos años de letargo la ciudad recobra su diligencia. En la casa de papá y mamá siguen sus retratos presidiendo la sala, una foto mía con García Márquez chez Aura Lucía Mera , un retrato de Amparo Grisales por Tessarolo, tres paisajes de nubes de San Andrés firmados por Kat y el cuadro de María de las Estrellas que le pintó Botero para la portada de su novela ‘La casa del ladrón desnudo’. ¿Más para dónde?

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