La judía errante (2)

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La judía errante (2)

Junio 29, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Mientras la celestial aparición volvía a entrar en su túnica registré sus encantos en un rápido paneo cinematográfico: los senos de Eva, o mejor de Elisabeth Bergner, la actriz judía que protagonizó Todo sobre Eva, la grupa de Theda Bara, la cabellera de Lauren Bacall, los muslos de Hedy Lamarr, y las amplias espaldas de Scarlett Johansson. Todo el Hollywood de Sion en su cuerpecito.

“Soy todo tuyo”, le dije de una manera convencional que ella tomó al pie de la letra. “Ya lo sé”, me contestó, “y yo también vengo dispuesta a ser toda tuya”. Notó mi desencanto pues estaba convencido de que iba a escuchar primero que todo el mensaje trascendental, proveniente de las altas esferas espirituales.

“Entiendo que conoció usted en alguna parte ese tipo de relación voluptuosa que practican algunos inmortales y que fue con la que el Judío Errante Isaac Laquedem logró abolir, en una cuarta práctica en 1917 años de errancia, según lo relata Apollinaire en El caminante de Praga, la condena a peregrinar hasta el retorno de quienes ustedes llaman el Salvador. Pues estoy dispuesta a compartir con usted ese rito antes de entrar en esos detalles que vienen desde los días de la muerte de Cristo por causa nuestra. Y de su exagerada, por decir lo menos, condenación al descomedido de Laquedem, que le impidió acogerse a su quicio para descansar un momento camino del monte Calvario, le empujó para que siguiera y le negó el poco de agua que le pedía: ‘Yo seguiré mi camino, pero tú caminarás hasta mi regreso’.

Así quedó marcado el judío errante, condenado a mantenerse con vida y sin detenerse, mientras él, luego de su muerte por la redención del género humano, volvía veinte siglos después. “Pero ven, alíviame de la túnica que por algo te he buscado, te he encontrado y a ti me entrego”. Y se sopló las manos como en un sortilegio.

Ante semejante permisividad no podía pecar de apático, y procedí a aplicar mi secreto método voluptuoso, que ella no sólo soportó sino que complementó complacida mientras entonaba unos cantos rituales que yo también conocía porque me los había inculcado un rabino especializado en el Séfer Yetzirah, quien me confió que, según la leyenda, el tal Judío Errante en su largo peregrinar se fue especializando en esa modalidad que de ninguna forma se podría llamar amorosa y era más bien impía, de la cual tomé atenta nota. “Este acto extremo, en su origen -siguió explicando-, le habría sido inculcado a Adán por Lilith en el mismísimo Paraíso, cuando todavía era la amante de Dios, antes de ponerle los cuernos con Lucifer, el hermoso querubín portador de la luz, lo que precipitó su caída. Ello no consistía solamente en posarse encima, como se dice, sino en eso que usted, por un extraño privilegio, también conoce. El ‘diuini concubitus’, nombre a todas luces inapropiado. Tuvo pocos practicantes pues se mantuvo oculto, súper secreto, y además considerada abominación. Tanto que fue una de las causas de la destrucción de Gomorra. Se dice que la practicaba Nerón y en alguna oportunidad el Marqués de Sade. Pero ojo, también ha sido privilegio de unos raros espíritus altamente evolucionados”.

Mientras contemplaba la túnica por el suelo, Smadar iba soltando prenda: “El castigo del también llamado Ahasverus no era el permanecer vivo hasta la segunda venida, sino que en toda esa cuasi-eternidad no logrará siquiera cuatro veces que las mujeres le permitieran practicar el ‘diuini concubitus’, y así aliviarse de la fatiga peregrinante. Y lo logró tres veces, según su poeta de cabecera, una en 1267 con una doncella en Forli; otra con una fornarina en el Siglo XIV en Siena; otra en 1542 en Hamburgo, con una cristiana desorientada. Y en el 17, en el paseo con Apollinaire, en el barrio judío de Praga con una húngara “tetona y nalguda”. Y esa fui yo”.

Santo cielo, estaba en presencia de la propia Judía errante contaminada, de la cual nadie tenía noticia. Quien llevaba 103 años buscando su redención. Y con quien acababa de practicar el ‘diuini concubitus’. Me puse en punto de escalofrío. (Continuará).

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