La ciudad de mis amores

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La ciudad de mis amores

Julio 27, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Cali fue fundada en 1536 por el conquistador Sebastián de Belalcázar, y a la sombra de su estatua en bronce sosteniendo la Tizona y ejecutada por el escultor español Victorio Macho, este adolescente machazo disfrutó de sus iniciales conquistas.

La Sultana del Valle, que siempre me imaginé como una de las majas de Goya, fue la ciudad de mis amores, no sólo por todo lo que la he querido, sino también por todas las que he querido, y seguiré queriendo de acuerdo con Breton cuando dice que “todo lo que he amado alguna vez lo amaré para siempre”. Y eso que de los 80 vividos, a Cali le dedique sólo 30.
Mis primeros devaneos amorosos fueron tenues. Después del seno de mi madre, que había olvidado, no había conocido otro seno, aparte del onceno escarlata. Y ahora veía atravesar en diagonal el parque de San Nicolás a Olga García, residente en el cuarto piso del edificio del Sindicato Ferroviario del Pacífico, y sus turgencias incipientes me detenían la respiración. Cada vez que convocaban a una manifestación de protesta obrera, allí estaba yo incitando a la revuelta con un garrote, pero sólo para verla asomarse por la ventana, pensando que para verme. No nos cruzamos más de tres frases, pero ahí quedó para siempre y aún me lacera.

Luego con los compañeros de barrio íbamos a Salomia en las bicicletas Philips y Monark. Allí me prendé de Gloria Sánchez y cuando pasados unos meses me atreví a declarármele me dijo que no, aunque sus amigas me dijeron que también me amaba y se me había negado para castigarme por mi tardanza. Ante lo cual llorando de la rabia me le declaré a su hermana Florencia quien me dijo que sí, pero apenas me descuidé terminó casándose con Asbel, mi rival de pupitre en Santa Librada.

Me ennovié con Myriam Montoya, con quien danzaba amacizado y a escondidas en el Séptimo Cielo viernes y sábados, pero a quien los otros días hacía visita de ventana con besito por entre rejas, antes de salir a toparme con los amigos en la zona de tolerancia, precisamente en Milancito, donde tiraba paso y tiraba con otra novia de ventana que como rebeldía se había puteado al cumplir 18 y no me cobraba, o yo no le pagaba, por lo que terminó apodándome ‘el estudiante barato’.

Ya iniciado en el nadaísmo de 19, con buena pinta, fama incipiente como buen poeta y buen pito, me levanté a Diany Guzmán, compañera de trabajo del nadaísta Alfredo Sánchez en el almacén de Pedro Ossa. Con ella comenzaron nuestras visitas a los pies del descubridor español, donde la niña me enseñó la pinta de su santa maría, a cuyo culto me consagré. Dicho monumento debe preservarse por los siglos de los siglos, así no sea por las proezas del fundador. Con ella duré dos años descubriendo todas las filigranas del amor loco, ese otro libro de Breton que me ha ayudado a trancar las camas.

Y apareció en la tienda de enfrente de Bellas Artes y el TEC la menuda modelo Marlén Campo, con quien sin decir una palabra tomados de la mano ascendimos al depósito de la terraza, donde en medio de escenografías del Sueño de una noche de verano iniciamos el romance supremo, el amor de la vida por seis años y el recuerdo perpetuo, que me fue tronchado al mismo tiempo y en distintos estadios por Pablus Gallinazo y por Óscar Golden, el autor y el intérprete de Boca de chicle, lo que terminó por convencerme de que No, no existe el amor, esa historia ridícula.

Menos mal que por entonces se presentó también la lolita del nadaísmo, Banquita, que con sus 16 años entró tumbando bolos a discreción. La bautizaron “la petí-putá” los maledicentes, pero fue la belleza icónica para nuestra generación insubordinada. La nadaísta perfecta, si en el nadaísmo se aceptara la perfección.

Y cómo no evocar a Marlén la pelinegra, esposa de nuestro dentista de cabecera, que nos regalaba en la sala con sus danzas de siete velos. Y a Flower in Sunday, masajista diplomada según su tarjeta de presentación, con quien en el infierno musical de su bar se practicaban todas las peripecias del Kamasutra.

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