La central de los sueños

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La central de los sueños

Julio 16, 2018 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Continúo desempolvando los archivos de los escritos de la vida en sus debidas carpetas, que se quedaron sin publicación a su tiempo, a la espera de revisión. No llego a los extremos del poeta X.504, que al decir del profeta Gonzalo Arango, “escribió un libro revelado, y se pasó 20 años puliendo la revelación”. Prudente y escrupuloso como me he vuelto, entro en este manoseo con tapabocas, pues deben estar cargados de ácaros perniciosos. Me llama la atención un fólder titulado La Central de los Sueños, que era la oficina que yo tenía en Bogotá, en el pasaje de los hippies de la calle 60, por los 70, donde compraba sueños a menosprecio a los trasnochadores de entonces, al pasarlos a limpio y les aplicaba algunas arandelas de mi cosecha, aventuraba una fraudulenta interpretación froidiana y las publicaba en mis columnas de prensa muy bien pagadas. A veces, cuando los soñadores escaseaban, copiaba yo mis sueños, como el que entro a compartirles, esta vez dejando la interpretación a la malicia y sapiencia de los lectores.

“Estoy con la Maga y con María de las Estrellas sentado en la banca de una iglesia que identifico como la consagrada en Cali a San Nicolás. Está llena de jóvenes melenudos, acuarianos, premis, y cada uno se levanta y habla lo que se le ocurre sobre la divinidad y se sienta. Todo discurre en tal armonía que las palabras que cada uno va pronunciando no alcanzan a impresionar la conciencia de los demás, pasan resbalándose.

Cerca de la puerta lateral de la iglesia, de repente, un melenudo de ojos rojos comienza una cháchara mística repelente que quiebra el ritmo del acto. Como se dilata demasiado, y es evidente la contrariedad general, me levanto y lo tomo del brazo conduciéndolo a una banca vacía, y cuando el hombrecillo me pregunta qué tal su concepto de dios yo le digo que pura mierda. Disgustado, saca lo que yo creo es un puñal, pero es más bien un zuncho aserrado. Y le digo que cuidadito, replegándolo hacia las naves del fondo.

Debajo de la imagen de un santo muy milagroso encuentro un zuncho idénticamente aserrado pero más largo, con el que amenazo a mi agresor, y antes de que yo pueda cometer una locura viene otra pinta en mi ayuda con idéntica arma, la mitad de larga de la mía pero el doble de la de él, y como veo que comienza un movimiento de desasosiego en el templo huyo por una puertica a los potreros de la casa cural sintiéndome perseguido pero comprobando que en realidad nadie viene tras de mí.

Después de cruzar muchos vericuetos oigo por el parlante una voz neutra que anuncia que el encuentro de hijos de dios ha terminado con 11 muertes. Y enumera quién ha matado a quien, por sus apellidos, Arévalo a Saez, Duque a Polanía, Rodríguez a Gómez y así sucesivamente, hasta que al final oigo, Carrasquilla a Arbeláez, que son los apellidos de la Maga y el mío respectivamente, y Arbeláez a Carrasquilla. Presa de pánico, retorno corriendo a la iglesia, busco desesperadamente entre montones de cadáveres y me encuentro en una navecita lateral a la Maga a quien le pregunto si es verdad que nos hemos matado y ella asiente, me doy cuenta aunque sin ver las heridas que tenemos sendos zunchos clavados en nuestro cuerpo y estamos a punto de desfallecer.

Un sacerdote severo y viejo pasa junto a nosotros con una turista enseñándole la arquitectura del templo y le preguntamos si es verdad lo que acaba de pasar y él dice que eso nos ha pasado por hablar de dios sin saber. Entonces la Maga atemorizada le dice señalándole a María de las Estrellas que está impávida con su ruanita roja que cómo vamos a dejar sola a esa criaturita y ella comienza a llorar y la Maga le pregunta en un último atisbo de esperanza al curita ¿no tendremos posibilidad de salvarnos? Antes de escuchar la respuesta negativa del sacerdote, hago esfuerzos por despertar, y lo logro.

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