El virus del fin del mundo

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El virus del fin del mundo

Marzo 23, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Como si se tratara de una asociación universal para delinquir, mientras nadie está cometiendo un delito, toda la humanidad es condenada a asumir la casa por cárcel. Veredicto que se acepta con complacencia. Venido de quién sabe dónde, por sí solo o por la mano de algún científico criminal, el virus en cadena se ha tomado el planeta amenazando muerte, ruina y desolación.

La población ha debido recluirse para eludir el contagio, ante la orden de los gobiernos. Pero la pandemia avanza y a cada minuto los medios informan de nuevas muertes en todo el mundo, y de contaminados casi que en cada pueblo. Por primera vez ante una emergencia pestífera se toman medidas universales, sin experiencia para poder valorarlas. Y escasean camas, tapabocas, inhaladores, controles.

En mis épocas de alzados insolentes sufríamos y luchábamos por los pobres, teniendo en cuenta que éramos más pobres que ellos. Ahora que tenemos casa para ponernos a cubierto de la amenaza creciente, se nos hace imposible dedicarnos a la contemplación de esas películas que nos quedamos sin ver, o a la lectura de esos libros voluminosos que teníamos ahorrados para cuando tuviéramos paz y tranquilidad, o a acariciar sin premura esas piernas amadas.

Ante la expectativa de la fatalidad hasta la lujuria se queda estatua. La guerra fría nos había prevenido de una guerra nuclear o bacteriológica, en la que el mundo podría darse por terminado. Por eso el desasosiego de los años 60s. acolitado por el existencialismo sartriano. Pero eso parecía haber entrado en el memorioso pasado. Pero ahora, si no lo hicieron las bacterias viene el virus arrasando con todo. A partir de una leve gripe respaldada por una fiebre alta y dolor de cabeza. Este último síntoma común a todos los gobernantes.

En esta emergencia existimos los cómodos, los incomodados, los desesperados y los desesperanzados. Los cómodos los que se sienten de vacaciones y pueden entregarse en pijama y tomando vino a los placeres del dominó, para algunos de ellos es incluso la felicidad que nunca antes habían experimentado; los incomodados los que no tienen del hogar sino la noción del dormitorio por unas cuantas horas y les pica la calle: los desesperados los que se preguntan cómo van a salir de esta, y los desesperanzados los que no encontraran salida ni siquiera cuando la haya. Con qué ojos dedicarse a contemplar las montañas sabiendo que mañana a esos ojos se les puede cortar la luz. Y que en este segundo millones de personas desprotegidas se preguntan Dios mío qué vamos a hacer? El que vive del día a día, del rebusque, el que trabaja por horas, los meseros, los dependientes de almacenes, las pobres putas a las que nadie se les acerca ni a metro y medio, los mendigos, los vendedores y trapecistas de los semáforos, los cuidadores callejeros de carros, y hasta los amigos de lo ajeno al no hallar ninguna casa vacía. ¡Ah! Y los presos. En las peores condiciones desde siempre y ahora en la expectativa del virus del fin del mundo. Ya se alzaron y el virus de plomo se llevó a 25. ¿Qué pasará cuando los primeros síntomas se asomen en algunos reclusos? Dios no me oiga pero con toda seguridad que terminarían ajusticiados. El acabose.

No seré de los buscaculpas que acusen al gobierno y los gobiernos de no haber prevenido tamaña hecatombe, por más que figure en las profecías de Nostradamus. Pero si habría que pedirles que encomienden a sus sabuesos científicos la búsqueda de la causa. Circulan por las redes mensajes aparentemente bien fundados donde dan nombre y apellidos de los responsables. A lo mejor son apócrifos. Por lo pronto gracias a Cuba, ese país perseguido desde que logró la dignidad de su revolución que por más de 60 años han tratado de torpedear, por su entrega a descubrir y fabricar el remedio contra este mal y allegarlo a los países en desgracia. La humanidad, si se salva, tendrá que agradecer a Cuba su salvación.

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