El pozo de las desdichas

Septiembre 26, 2022 - 11:50 p. m. 2022-09-26 Por: Jotamario Arbeláez

Como ha podido verse por mis escritos de los últimos 40 años no he salido de los pozos de la dicha por donde paso, referido no sólo al panorama amoroso sino al mapa de la salud, a mis encuentros con personajes notables, a mi correría por el mundo y a mis alcances en alas, y en aras, de la poesía. Unos maestros perfectos de la cuerda de JC me prometieron a través del espiritismo lograr lo que me propusiera y percibir asomos de paraíso para que mi literatura no siguiera siendo de alcantarilla, como algún académico osara calificar la del grupo. Me inclino hasta donde la columna vertebral me permite, ya que no fui afecto a los ejercicios gimnásticos, para agradecer al Altísimo por los dones que sin merecerlos ni ganarlos me han llovido del cielo.

Pero debo confesar que también me tocó hundirme hasta el cuello en los pozos de la desdicha, como solí contarlo en mi prosa dicharachera. El primer varillazo que me propinó el malhadado destino fue el cambiazo que me hizo mi primer amor por otro que además ella suponía que escribía mejor que yo. O sea que fueron cuernos por partida doble. Lo que ocasionó que de adehala se me comenzara a caer el pelo, rayando los 27. Ello me sirvió para desmandarme a imitación del rey Salomón, con la diferencia de que no me dejé convertir a la herejía de ninguna hetaira. Un desastre amoroso es definitivo, o conduce al suicidio o al nunca bien ponderado desarreglo de los sentidos, que por lo general culmina en la gloria.

La tusa la superé con creces de las que no puedo quejarme. Accedí a una Maga que leía el tarot mientras yo iniciaba a su criatura, a partir de los 4 años en las artes de la palabra, llegando a publicar a los 7 años una antología de sus poemas de los 4 años anteriores. Se llamaba María de las Estrellas y murió de un estrellón en la carretera hacia Tunja. Fue el dolor más grande que ha asaltado mi corazón. Similar había pasado con la muerte, también por atropello de auto, del hijastro del poeta Elmo Valencia, Luis Ernesto ‘El gigoló de los dioses’, de 10 años. Fue como si a mí también me hubieran dado con el bómper en el cerebro. Ambos niños nadaístas, traducidos al francés por Boris Monneau, esperan sendas ediciones este año en París.

Otros de mis dolores mayores se presentaron en la misma fecha, 25 de septiembre, de años sucesivos, 1975 y 1976. El primero fue la muerte de mi padre, don Jesús Arbeláez, sastre nacido en Rionegro Antioquia en 1912. Un cáncer le invadió la barriga mientras yo le leía el libro La Violencia en Colombia de monseñor Germán Guzmán y él lo complementaba con sus recuerdos. Fue el padre de mi cuerpo que me siguió vistiendo por media vida. Tan pronto cerró los ojos le llegó una carta de Gonzalo Arango, mi profeta, despidiéndolo de la vida que “no es más que una mala sastrería” y remitiéndolo al reservado más placentero del descanso eterno. Un año después, y mientras asistía a la misa de cabo de año, recibí la noticia de la muerte automovilística de mi padre por el espíritu, el poeta Gonzalo Arango, en la carretera de Tunja. Me enseñó lo que había que leer y a mi espíritu a fantasear que es soñar despierto. Qué dolores me asaltaron esos dos 25 de septiembre, día del atentado septembrino, para completar. Después de la muerte de mi padre, al quedar en el desamparo, Gonzalo me tomó de la mano y me presentó a dos zares de la publicidad, Gonzalo Meza y Álvaro Arango (el nombre del uno y el apellido del otro), de Leo Burnett y Propagada Sancho, y ambos me acogieron sucesivamente. El primer escrito publicitario que me tocó redactar en Leo fue la esquela fúnebre de Gonzalo.

Claro que después perdí a mi madre, a mi hermana, a la gran mayoría de mis amigos poetas, y se me ha roto el alma en las despedidas. Pero con mi padre corporal y el espiritual mantengo tal intercomunicación que me cumplen con todo lo que les pido. Mi padre me conserva el esqueleto firme y completo y mi profeta el espíritu creativo y alerta para que las gentes que creen en mí no pierdan la fe.

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